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2021: El año que nos espera en la educación escolar chilena

Enero 3, 2021 17


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Lo que el 2020 nos ha mostrado….

 

En nuestro país el sector educación, como casi todos, fue sorprendido por los impactos de la pandemia, dando cuenta de la falta de preparación que como país teníamos. Mucho se ha dicho sobre esta situación, la que resumimos en tres aspectos claves: (i) la escuela virtual ha hecho más desigual aún los resultados de la educación nacional en todos los niveles el sistema; (ii) la preparación y aprendizajes que logramos en estos meses han sido importantes pero aún son insuficientes para revertir los efectos negativos, masivos y profundos que -estimamos- ha generado esta crisis; y (iii) también necesitamos potenciar los avances y progresos alcanzados producto de la oportunidad de tener que adoptar decisiones en un escenario tan inasible, del que tenemos aún algunas nociones precarias.

Ciertamente acerca de lo ocurrido en estos meses se puede decir más, desde la misionera labor desplegada por maestras y maestros que se esmeraron en ofrecer a sus estudiantes oportunidades de aprendizaje en situaciones muy complejas, hasta la confusa y tardía comunicación de las decisiones claves de la política educacional nacional por parte del Ministerio respectivo.

El Ministerio se caracterizó más por aportar a la tensión que a la solución de los problemas, la priorización tardía de los contendidos, las confusiones entre la evolución sumativa y la promoción de curso de los estudiantes y otras muchas sobre la escasa o extemporánea conversación con sostenedores públicos y privados.

También los efectos de la pandemia en el plano nacional han sido pródigos en evidenciar las debilidades profundas de nuestra educación en materia de auto-responsabilizarnos por cada uno de nosotros, bajo nivel de logro de competencias cognitivas importantes en la población como la capacidad de reflexión y de análisis, y en razón de ello, adoptar decisiones fundadas sobre lo que hacemos, etc., que son cuestiones claves que más allá de las cifras que los gobiernos de turno muestran como éxito de sus iniciativas en cobertura, retención y logros de aprendizaje de los estudiantes (puntos más en SIMCE o PSU), dan cuenta crudamente de un sistema educativo nacional (no solo público) muy elemental en resultados, con dudas importantes en la solidaridad y respeto por el otro, bajo logro de competencias cognitivas fundamentales, y un actuar “conductista” en su diseño y operación que ha desnudado la orfandad de sus logros en diversos planos.

No obstante, también sabemos que muchos aspectos que no forman parte del “currículo oficial” han debido enfrentarles, desarrollar y superar contextos complejos, instalando nuevas capacidades en directivos, docentes, estudiantes y sus familias que de no mediar esta situación, posiblemente dada la alta centralización operativa del sistema escolar chileno -con suerte- se habrían potenciado en muchos años más.

 El 2020 dio cuenta de un país de extrema desigualdad social escondida tras muchos salarios bajos y el inmensurable endeudamiento de gran parte de población para alcanzar los “preciados bienes del desarrollo” que por 40 años nos han bombardeado como los indicadores de modernidad y éxito, con un Estado -en referencia a todas sus funciones- sin un diseño institucional adecuado para atender las necesidades educativas de sus estudiantes en contextos de crisis tan agudas como la actual, canalizar sus requerimientos y brindar soluciones que no agudicen aún más la importante desigualdad inicial.

 

Los desafíos para la política pública educacional del 2021

 

Un primer desafío es que “el segundo piso del Palacio de La Moneda” (como se conoce a los asesores de la Presidencia), vaya contra su propia naturaleza cortoplacista y “cosista” de las medidas que impulsan, y acepte (y entienda) que estamos ante una enorme oportunidad para buscar soluciones a este gran desafío país. Será una tarea de muchos años, y se debe dar mayor espacio a la ciudadanía, implementando medidas potentes que vayan en esta dirección, algo complejo para toda la clase política chilena que transversalmente le teme a la participación ciudadana.

Paralelamente, el Ministerio de Educación sería bueno que abandonara su limitada ideología neoliberal para enfrentar las dificultades del momento y generara una política educativa país, distante del modelo de negociación caso a caso o situación a situación que empleó este año, nada más lejano a una política educativa, y que adopte tempranamente las decisiones macro sobre asignación de recursos, postergación del SIMCE, de la evaluación docente etc., es decir que le quite tensiones al sistema para que le permita enfocarse en las tareas de reconstrucción de los saberes que demandarán tanto esfuerzo (bajo el antiguo refrán que si no va a ayudar, al menos no moleste).

El Ministerio se caracterizó más por aportar a la tensión que a la solución de los problemas, la priorización tardía de los contendidos, las confusiones entre la evolución sumativa y la promoción de curso de los estudiantes y otras muchas sobre la escasa o extemporánea conversación con sostenedores públicos y privados. El mínimo diálogo con los gremios del sector y con las comunidades escolares dan cuenta de la necesidad de focalizar decididamente este año su accionar en estas tareas.

Es fundamental tener planes de desarrollo alternativos para los escenarios probables del 2021 que sean altamente consensuados con las comunidades educativas, y abandonemos los enfoques gerenciales donde son estos, los llamados CEO quienes “salvan a las empresas”. Las empresas educativas sustentables -si queremos denominarlas así- implican una tarea de gestión compartida entre docentes, directivos, sostenedores, los estudiantes, las familias y las orientaciones técnicas, y no la de directivos autócratas sumidos en una legislación impropia para estos tiempos.

En el nivel meso es fundamental la articulación de los gremios profesionales de la educación, de los mismos profesionales de la educación, con sus comunidades educativas locales, para fijar prioridades y rediseñar las responsabilidades y criterios educativos desde la emergencia que hemos experimentado, a la importancia de reducir los efectos negativos de esta época y ampliar los positivos, lo que implica un diseño curricular -en los hechos- diferente, no solamente con soporte tecnológico mayor, sino generar oportunidades de aprendizajes y que sus estudiantes comprendan que requerirán de un mayor esfuerzo de su parte para avanzar en ese plano.

 

Las urgencias insoslayables 2021

 

Una urgencia macro es determinar si el presupuesto sectorial responde a las necesidades claves de la situación generada el 2020. Una visión aún muy inicial de éste muestra que su crecimiento es muy menor. Uno de los principales riesgos del momento es creer que ya hemos hecho mucho y que no necesitamos más recursos, por el contrario, requerimos más dinero y mejor focalizado para salir adelante. Sin pretender mayor protagonismo que el sector salud, tenemos algunas urgencias vitales de corto y mediano plazo que debemos atender:

  1. En el año 2020 al menos un 20% de los estudiantes no han tenido acceso a la enseñanza “a distancia”, este grupo además es mayoritariamente el más vulnerable. 
  • Se necesita re-conectarles con la escuela, prontamente, conocer sus necesidades y su situación presente y futura. Y ofrecer ahora una solución, no mañana.
  • Debemos llegar a ellos con una oferta educativa atractiva y relevante que les permita en el corto plazo recuperar lo perdido.
  • Se necesita dotarles de elementos tecnológicos de conectividad, de acceso a internet y de apoyo educativo adicional.
  • En consecuencia, se necesitará de mayores recursos para esta tarea que los asignados el 2020.
  1. En el escenario de un retorno a las clases convencionales, se necesitan de mayores recursos para instalar y mantener las condiciones higiénicas adecuadas en los establecimientos (mascarillas, aseos de espacios, elementos generales, etc.), que permitan atender debidamente grupos pequeños y a los docentes, y repetir el trabajo varias veces.
  2. La experiencia internacional muestra que los docentes por esta vía se desgastan mucho, por lo tanto es muy posible que implique mayor cantidad de docentes para la misma tarea. Por cierto, en el formato “de estímulo convencional chileno” creemos que amenazar al trabajador y presionarle es suficiente, pero la evidencia en este plano muestra que no lo es, por lo cual se necesitarán mayores recursos financieros para apoyar a los docentes en su labor.
  3. Un efecto directo de la crisis país es que ha aumentado el nivel de pobreza de la población. Su impacto directo es una mayor cantidad de estudiantes en el sector público y en el subvencionado y menos en el privado. Por lo cual, esta población necesitará de mayor apoyo alimentario, de útiles convencionales para su tarea escolar.
  4. Adicionalmente, la precarización laboral del país, que ya era muy elevada, implicará -con bastante seguridad- empleos aún más frágiles, menos beneficios sociales, menos recursos para las familias. Es decir, posiblemente muchos niños en edad de trabajar opten por apoyar a su hogar, restando atención a la labor educativa y de ser estas rivales, aquellos en situación más crítica abandonarán la escuela. Eso es lo que hay que evitar y se requiere de mayor cantidad de recursos para apoyar eficientemente a este masivo grupo de riesgo.
  5. Finalmente, ante la aplicación de las normativas del último tiempo es posible que algunos establecimientos privados subsidiados no puedan seguir operando por no disponer de recursos financieros. ¿Hay en el presupuesto recursos disponibles para atender esta tarea? Esto es, ¿para garantizar que niños, niñas y jóvenes tengan sus oportunidades educativas garantizadas?

 

En tiempos como estos, el principal recurso educativo sigue siendo el diálogo y el acuerdo entre los actores más relevantes del sistema: familia, estudiante, el establecimiento escolar y su comunidad, los sostenedores, las autoridades subnacionales y el Ministerio. Es prudente sin duda, potenciar este recurso.

 

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