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Cambio climático: un reto para la civilización humana

Abril 30, 2021 6


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En la primera investigación de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, en el año 1990 y luego en 1992, los expertos del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático / GIEC) nos habían fijado una meta. Tuve la oportunidad de participar en esta cumbre junto al entonces presidente francés, François Mitterrand. Se trataba de impedir el cambio climático que ya empezaba a manifestarse.

En aquel momento, hablábamos de pasar a un modelo de desarrollo sostenible. La humanidad ya estaba entrando en una deuda ecológica en plazos que se reducían muy claramente. Este objetivo no ha sido alcanzado y es necesario admitirlo para saber cómo retomar la acción. La alerta no se tomó en serio. El resultado está ante nuestros ojos. El cambio climático ha comenzado. Es irreversible. La modificación de todo el entorno físico de nuestras sociedades está alterando todos los aspectos de nuestro modo de vida y muchos de los aspectos fundamentales de la civilización humana en general. Y, además, la dinámica de este cambio obedece a leyes físicas que modifican fundamentalmente las condiciones y la manera de tomar las decisiones políticas. Estamos entrando en una era de incertidumbre permanente.

El clima es un sistema global que se estabiliza en el límite del equilibrio. Si se ve muy afectado por nuevos factores físicos, este bifurca hacia otro estado global. El paso de un estado a otro no es progresivo ni lineal: es brutal y se orienta completamente hacia un nuevo punto de equilibrio. Entre los dos estados hay pasos intermedios y reorganizaciones generales. Se trata de gobernar en una época de permanente incertidumbre ecológica. Los ríos que siempre se han conocido como tranquilos, de la noche a la mañana pueden transformarse en violentos torrentes. ¿Qué tipo de puente debería construirse en estas condiciones? Si nuestros miles de kilómetros de líneas eléctricas aéreas de alta tensión pueden provocar cientos de incendios a lo largo de su recorrido –como ya ocurrió en Estados Unidos– o caer al suelo en una atmósfera que alcanza repentinamente los 40 grados y vientos de 170 kilómetros por hora –como ocurrió en Francia–, ¿qué tipo de organización habrá que desplegar para hacer frente a ello?

El cambio climático es un reto para la civilización humana. No voy a añadir nada a las advertencias ya lanzadas sobre este tema. Me gustaría proponer algunos elementos de reflexión para formalizar el diagnóstico y señalar algunas líneas de actuación para adaptar el poder político a la naturaleza del problema que tiene que afrontar en todas partes. 

Empezaré mencionando la importancia de no desmayar en la lucha contra el calentamiento global para intentar limitar su impacto en el clima global. Los compromisos del Acuerdo de París son una primera base para ello. Pero no tiene sentido ocultar que los objetivos están fallando. Los compromisos adoptados por los Estados conducen a un calentamiento de al menos el 3,5%, muy lejos de los objetivos acordados. Pocos países presentan presupuestos que muestren su huella de carbono. Menos aún son los que empiezan a reducir realmente su producción de gases de efecto invernadero. Tales políticas inadaptadas se justifican con innumerables razones que a menudo son solo de legitimidad local o histórica. El debate se hace entonces interminable y nadie sabe qué razones de orden superior se pueden invocar ni cómo imponerlas sin negar la soberanía de los pueblos. 

Pienso que sería mejor establecer una línea de conducta basada en un principio simple y universal. Se impondría a todas las naciones como guía de actuación, y sus condiciones serían establecidas por cada nación de manera soberana, pero respetando un principio sencillo. A este principio yo lo llamo: «la regla verde». Se define de la siguiente manera: “No tomar más de la naturaleza de lo que ella es capaz de reconstituir en un plazo verificable”. 

En este sistema, la depredación y la reconstrucción serían las dos caras de una relación social finalmente armoniosa entre el ser humano y la naturaleza. Si no, ¿cuál sería un modelo económico sostenible? 

Pero, sea cual sea la norma, todos sabemos que no tendría ningún valor sin la legitimidad de un marco jurídico vinculante adoptado por el sistema internacional mundial. Y tal sistema debería estar respaldado por un sistema de sanciones aplicadas a los responsables públicos o privados cuyas acciones atenten contra los bienes comunes de la humanidad. La idea del tribunal internacional del clima que propone Bolivia me parece especialmente bienvenida. Por lo demás, ¿no han podido ya muchas naciones crear un tribunal penal internacional? Si el nuevo orden ecológico mundial no está legitimado por la ley ni protegido por la coerción y la sanción, es inútil creer a quienes confían solo en la buena voluntad. La experiencia adquirida desde la primera Cumbre de la Tierra es bastante clara para entenderlo. Creo que los términos de este debate son bien conocidos por ustedes.

Me gustaría destacar algunos aspectos que a veces parecen menos consensuados. A menudo hablamos de los «bienes comunes» de la humanidad. La palabra se refiere a los componentes de los ciclos fundamentales que hacen posible la vida de nuestra especie: agua, aire, suelo, biodiversidad. Estos son ciclos planetarios y globales. Pero nuestros pueblos están constituidos en naciones. Este es el marco más adecuado para producir decisiones aceptadas por nuestras sociedades cuando están apegadas a la deliberación y a la toma de decisiones de forma democrática que permiten el control ciudadano. Sin embargo, la palabra “bien común” implica un régimen de propiedad colectiva que una mayoría no está dispuesta a aceptar hoy. Además, se plantea una cuestión fundamental: ¿se pueden sustraer los bienes llamados comunes a la soberanía de los pueblos y naciones? El ejemplo del régimen del Polo Sur apunta en este sentido.

La perspectiva de la conquista de nuevos mundos en el espacio debería conducirnos a lo mismo. Asimismo, el marco jurídico que se está debatiendo en la ONU para los fondos marinos demuestra que se trata de una dirección concreta. Sin embargo, a corto plazo, podemos imaginar la propuesta de un sistema puesto bajo el control de Estados soberanos. Un Bien Común que corresponde al interés general de la humanidad debe estar basado en unas normas de gestión pactadas entre las naciones, las cuales podrían gestionarlas y aplicarlas con total independencia. La experiencia adquirida por nuestras diplomacias nacionales en el marco de la ONU demuestra que esta perspectiva es lo bastante realista como para ser explorada. El interés nacional, por un lado, y el universalismo, por otro, se complementarían al abrirse una nueva era de la diplomacia. De este modo, la búsqueda de la paz universal estaría arraigada en la conciencia medioambiental que ahora comparten miles de millones de seres humanos en todos los ámbitos de la vida. 

Insisto: el cambio climático ha comenzado. El desafío que plantea a la civilización humana debe ser superado por un nuevo marco jurídico nacional y un nuevo orden internacional edificado en defensa del interés general de la humanidad. Ya no se define solamente por el deber de proteger el único ecosistema compatible con la vida humana, aunque este sea necesariamente su punto de partida. Este deber se extiende a la obligación de hacerse cargo de las tareas de adaptación material de las comunidades humanas a los permanentes trastornos climáticos. Ha llegado el momento de decir que la armonía con los ciclos de la naturaleza depende de la armonía entre los propios seres humanos. Erradicar el racismo, las discriminaciones de todo tipo que dividen a las sociedades y eliminar las desigualdades sociales que las fragmentan, son también tareas ecológicas urgentes, tareas de interés humano general.

En definitiva, somos los contemporáneos de una realidad que se nos va imponiendo. Ante la amenaza climática, se puede formar un solo pueblo humano, consciente de su destino común. Un pueblo humano que, al tiempo que respeta las diferencias culturales que constituyen sus distintas comunidades, debe permitir que cada uno adopte lo más conveniente para cada cual dentro de lo que proponen los demás. El fenómeno de la criollización que las Américas, y América Latina en particular, han vivido durante tanto tiempo, podría convertirse en un manual de instrucciones para la nueva era. En el tiempo del reto climático y de la conquista del espacio, sería, por fin, el comienzo de una adaptación más de la humanidad a su nuevo biotopo. Ya cuenta con la experiencia milenaria necesaria. Esto me lleva al final de mi propósito respecto de las modalidades de la toma de decisiones políticas y el lugar de los conocimientos humanos, científicos y tradicionales, en ella. 

Tanto la ciencia política como la tradición han sido atrapadas por el cambio climático. La política tal y como la conocimos en el largo periodo del «sálvese quien pueda» y del «hacer todo, enseguida» ha muerto, así como el libre mercado, máximo organizador de cualquier realidad. La política como arte de gestionar lo imprevisible, el despliegue no lineal de causas y efectos, en fin, el caos relativo en el que estamos entrando, constituye una nueva e incierta ciencia política aún balbuceante. Tiene pocos puntos de apoyo y algunos ya están bien debatidos. El principio de precaución, por ejemplo, es una de las pocas herramientas de esta nueva era. ¡Y ya vemos lo difícil que nos resulta introducir el tema de la planificación como recuperación colectiva de la gestión del tiempo largo frente al tiempo corto del ciclo financiero! Nos toca entender lo que nos depara cuando tengamos que tomar decisiones sobre la base de cálculos de probabilidad… Lamentablemente, la idea de que la tradición es más adecuada para afrontar la situación es un gran error.

Los indicadores biológicos en los que se basa el conocimiento tradicional se vuelven inútiles. También se está debilitando el conocimiento construido sobre constantes extraídas de milenios de observación. Ejemplo: esas conchas marinas que salen a reproducirse estaban vinculadas al mecanismo de transporte marítimo de aguas frías y cálidas. Cuando las veías, sabías que venía la temporada de lluvias. Se celebraban fiestas y ceremonias para reunir a toda la población en las correspondientes labores agrícolas. El ciclo de la naturaleza, el ciclo de las costumbres y los respectivos poderes políticos están siendo engullidos por el cambio climático en las sociedades agrícolas tradicionales y entre los que viven de ellas. Y eso es solo la parte más visible. Cuando las hormigas y las ranas ya no se desplazan con las lluvias tradicionales ni con la aparición de los hongos que les convienen, nada ocurre como se esperaba. 

Y el adversario del cerebro humano es lo inesperado. Y, al mismo tiempo, es su estimulante más potente. Somos la única especie que ha demostrado ser capaz de cambiar su biotopo mediante la migración, mientras que todas las demás dependen estrechamente del suyo. Las especies características de los alrededores del lago Titicaca perecerán sin remedio si el lago cambia. Pero no las poblaciones humanas ribereñas. Migrarán y se enfrentarán a todos los conflictos por el uso de los recursos hídricos que empiezan a escasear. No obstante, esto implica que tengamos algunos recursos de reserva para hacer frente a los acontecimientos imprevistos. Es una cuestión de decisión política. De hecho, los ciclos de la política y los de la naturaleza siempre han estado mucho más vinculados de lo que se admite en la era moderna. Y nosotros, los franceses, lo sabemos bien, pues hemos visto cómo el gran frío, ligado a la erupción volcánica en “mil setecientos ochenta y tres” (1783) del volcán Yaki, en el sur de Islandia, provocó, a través de la crisis agrícola, una agudización de todos los factores que condujeron a la Revolución de 1789 y al inicio de la era moderna, según las palabras de Goethe.

Ahora, estos ciclos están vinculados de una nueva manera. En tiempos de incertidumbre, la ciencia proporciona puntos de apoyo esenciales. A condición de que podamos producir el conocimiento y reunir los datos que lo alimentan. Así, la ciencia no puede disociarse de las condiciones de su producción. Me refiero, por supuesto, a los fondos de investigación, a las inversiones materiales para la recopilación de datos y a la modelización de escenarios.

Llegados a este punto, me gustaría destacar la importancia de las redes que constituyen y posibilitan el conocimiento científico. La aplicación de la disposición de libre acceso a los datos recolectados y a sus interpretaciones se ve muy perjudicada por la lógica de las licencias y la mercantilización del saber. Y eso no es todo. La continuidad de la toma de medidas y la propagación de los datos es la condición para un conocimiento profundo que permita una acción preventiva sobre los sistemas investigados. Pero el flujo y su recolección de datos en muchos otros ámbitos depende de complejas redes que no están automatizadas. Por eso, las pandemias, los cierres y los paros por razones de crédito o «rentabilidad» provocan interrupciones que pueden ser muy costosas. Porque, para modelizar con acierto, para pronosticar con eficacia, necesitamos una masa de datos cada vez más actualizada y diversificada.

La primera condición del saber en el que se integran los alcances de la tradición y de la ciencia de antaño, ambos fundamentalmente indispensables, es la existencia de tales redes, de acceso libre para todos y en continuo incremento para todo el mundo. ¿Creen que es posible hacer políticas públicas sensatas (razonables) en tiempos de incertidumbre sin todo esto? La actualidad de la cuestión de la licencia de las vacunas contra el COVID demuestra que mucha gente está a favor. Aunque también demuestra que la codicia descontrolada de los intereses privados es un obstáculo que aún no se ha superado. Del mismo modo, después de haber visto cómo la desforestación y la explotación superintensiva se combinan para provocar zoonosis repetidas y pandemias cada vez más frecuentes, debemos señalar que no se ha tomado ninguna decisión, ni se prevé hacerlo, para prohibir estas dos causas. La contribución de cada uno para participar en el financiamiento de los cambios de los procesos de producción, intercambio y consumo es un imperativo. Y la codicia que prevalece no puede ser el modelo egoísta que se ha impuesto. 

Fundamentalmente, la civilización humana debe reorganizarse en torno a la respuesta a una pregunta de orientación política: ¿todos juntos o sálvese quien pueda? Si decidimos “todos juntos ”, la humanidad mantendrá sus posibilidades de avanzar y durar. El humanismo de nuestro tiempo es un nuevo tipo de colectivismo para la armonía entre los seres humanos y con la naturaleza, que incluye a toda la biodiversidad en la misma preocupación y proyecto.

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