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Carlos Aldunate en Piensa en Grandes: “Hoy los huincas enarbolan más banderas mapuches que chilenas”

Diciembre 27, 2020 8


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No le temo a la edad, aunque con ella sucedan cosas rarísimas, como que te aparecen pelos en todas partes menos en la cabeza y cada vez crecen más rápido las uñas”, nos había dicho hace años el abogado y arqueólogo Carlos Aldunate del Solar, cancerbero durante 39 años del Museo de Arte Precolombino, cargo al que renunció durante este pandémico 2020. 

Por eso, ahora le volvemos a preguntar sobre los avatares de la edad, calculando que ya estaba en los 77 años. Honesto y claro como es, precisó de inmediato y entre risas: “Me entrevistaste muchos antes o te confundiste; no tengo 77, ahora estoy cumpliendo 80”. Y luego dijo: “Confirmo que todas esas cosas me siguen pasando. Con la edad suceden cosas buenas y cosas malas. Por ejemplo, uno no tiene ya esa agresividad tan común en la juventud que te lleva a sentirte dueño de la verdad. Eso a mí al menos se me ha quitado y he entrado en una etapa en que me he vuelto mucho más comprensivo.  Y pienso que eso tiene de bueno y de malo. Se te van quitando las ganas de pelear, lo que en algunos casos puede ser malo”.

Carlos es miembro de una familia antigua, aristocrática, ilustre y muy longeva: en septiembre de 2019 murió su primo hermano, el jesuita activista por los derechos humanos José Aldunate Lyon, conocido como “el cura obrero”. Tenía 102 años, los mismos que su hermano Carlos Aldunate Lyon, también jesuita, que murió en la casa de Alonso Ovalle, donde terminan sus días los sacerdotes de la Compañía de Jesús, un año antes, en 2018. 

-¿Te imaginas superando los 100 años, así como tus primos?

-Es de esperar que no. Es de esperar que se presente antes la parca a encargarse de mí. Carlos, mi primo, estuvo bastante bien casi hasta el final, pero José pasó los últimos dos años completamente postrado y cada vez más desconectado. La última vez que lo fui a ver, eso sí, se acordaba de algunas cosas que yo había olvidado, lo que me maravilló, por lo que quizás no estaba tan desconectado. Pero no sé. Apenas podía hablar, iba y venía, yo encontré muy triste eso. 

Además de curas, la familia Aldunate está llena de abogados, camino que siguió el joven Carlos, antes de empezar la carrera de Arqueología. 

-¿Por qué dejaste el Derecho?

-La verdad es que yo estudié Leyes porque en mi familia todos eran abogados, pero al ejercer la profesión la sentí como un verdadero túnel. Lo cierto es que ese trabajo me lateó, me aburrió mucho, no me agradó. A mí desde niño me atraía la prehistoria, lo antiguo, pero cuando salí del colegio no existía la carrera de Arqueología, así es que en cuanto vi que se abrían esos estudios en la Universidad de Chile,  lo que sucedió en el país en plena Unidad Popular, cuando había re poco trabajo como abogado, me inscribí. Fue una suerte, una verdadera casualidad muy afortunada para mí. 

Se hizo experto en la cultura mapuche y, en 1981, el arquitecto y Premio Nacional de Arquitectura, Sergio Larraín García-Moreno, el mayor coleccionista de arte y piezas utilitarias precolombinas con quien ya trabajaba, lo nombró director del Museo de Arte Precolombino. “Me pidió que me casara con el Museo”, nos contó una vez, y así estuvo durante casi 40 años. Ahora la nieta de Sergio Larraín y destacada arquitecta Cecilia Puga toma el testigo de manos de Carlos y queda a cargo de un patrimonio que alberga obras de arte únicas, como la valiosa colección textil andina, con piezas de más de 3.000 años de antigüedad; las momias Chinchorro, que son las más antiguas del mundo; obras mayas, aztecas, de antiguos pueblos del Amazonas y el Caribe, de las culturas andinas y una sobresaliente y nutrida muestra de los pueblos que habitaron nuestro territorio. 

Todo un conjunto de piezas por las cuales, el hoy octogenario arquitecto siente un respeto reverencial. Niega que trate de “caballeros” y “señoras” a algunas momias (“Quizás alguna vez, pero no lo recuerdo”, dice risueño), pero a las que les habla y ha aprendido a sacarles muchos de sus secretos. Dice: “Nosotros trabajamos con artefactos, con objetos, con cosas materiales, que han creado y dejado personas anteriores a nosotros, pero también trabajamos con restos de seres humanos, por eso hay que ser muy respetuoso. Eso es clave en nuestro trabajo”. 

-Carlos, ¿cómo trataban esas culturas anteriores, precolombinas, a quienes envejecían?

-Bueno, para casi todos los pueblos originarios, anteriores a la industrialización, el envejecer es un hecho de la vida, no algo a lo que le tuvieran especial temor. Ellos vivían hasta que vivían no más, sin drama. No como nosotros que le tenemos tanto terror a la muerte y tratamos de disfrazarla. La disfrazamos, por ejemplo, en estos cementerios parques. Cuando don Sergio Larraín García Moreno conoció el Parque del Recuerdo, dijo que a él le parecía un cementerio de perros, porque no tenía nada trascendente y yo creo que es una opinión muy certera. 

-¿Cómo son los cementerios mapuche tradicionales? 

-Los tradicionales están llenos de un sentido de trascendencia. Tienen estas figuras de madera talladas, los chemamüll (palabra que en mapudungun significa “madera con aspecto de persona”), hombres y mujeres, parados junto a las tumbas, a la intemperie, esperando que también vayan muriendo de manera natural, deteriorándose con el sol, la lluvia y el paso del tiempo, haciendo un paralelo entre la vida de la madera y la vida de los hombres, con un sentido profundo de trascendencia. Muchas machis, por su lado, instalan el rehue, que es el altar mapuche, junto a las tumbas. 

-¿Y existe el respeto por los ancianos?

-Muchísimo, en general en todas las culturas antiguas los mayores son siempre los cuidadores de la tradición, los sabios, por lo tanto. Se les respeta y se les cuida. 

A propósito del reciente eclipse total de sol, con su “epicentro turístico” en La Araucanía, mucho se habló de la cosmogonía mapuche, que veía señales negativas en esta “muerte momentánea del sol”, por eso le preguntamos al arquéologo:

-¿Cómo analizas la pandemia desde el punto de vista antropológico?

-Estamos viviendo un fenómeno planetario que la humanidad ha enfrentado en varios otros momentos de la historia: la irrupción mortal de la peste. A ella se suma que muchos países de occidente están atravesando por crisis político sociales, donde lo que caracteriza los procesos es la pérdida total de confianza por todas las instituciones y el surgimiento de movimientos sociales críticos muy activos, no sólo en Chile. Y todo esto en medio de una situación ecológica mundial gravísima, caracterizada la crisis hídrica y el calentamiento global. Todo eso es lo que enfrentamos hoy, no sólo la pandemia. Es harto más grave todo. 

Pese a su lapidaria descripción, se declara optimista respecto de lo que está sucediendo. Sobre Chile, nación construida por la visión autoritaria y unificadora de Diego Portales, “y luego refrendada por el general Pinochet, estuvo dominada por una concepción chovinista que niega la diversidad de nuestra sociedad”, tiene una mirada positiva, de transformación.

-¿Y eso está cambiando?

-Sí, lo que es muy bueno, porque la diversidad trae puros beneficios. Muchos hasta hace poco le temían a lo diverso, pero yo noto que cada vez menos. Hemos ido mejorando mucho en este aspecto, gracias a los golpes que nos dan la cultura y la propia naturaleza. Ya ves tú que para el estallido social y todas las protestas posteriores se enarbolan más banderas mapuches que chilenas. Y los que las portan son en su mayoría huincas; o sea, chilenos. Yo creo que ahí hay un gesto que nos enriquece. Los estudios ecológicos más profundos y serios han concluido que la diversidad es una fuente de vida. Si metes un bicho nefasto en un bosque nativo, con una gran variedad de especies que conviven en armonía, no pasa nada, pero si ese mismo bicho entra en una plantación forestal de pinos, la mortandad de árboles es total. Mientras más diversidad exista, mejor se conserva un bosque, y eso aplica igualito a la cultura. 

-Tú y la mamá de la expresidenta Bachelet, la arqueóloga Ángela Jeria, que murió en julio pasado a los 94 años, fueron compañeros en Arqueología, y eran los mayores de un curso lleno de gente joven. ¿Es buena la convivencia entre viejos y jóvenes, esa diversidad generacional?

-Ángela fue una gran mujer, fuimos muy cercanos… hasta ahora –dice, antes de responder la pregunta. Y luego afirma: -Por supuesto que es muy buena esa convivencia. Fíjate que hoy los viejos son simplemente desechados por la sociedad. Ya no se los emplea, se les considera lentos, una carga, ineficientes y, por último, se los recluye en unos asilos, lejos de la familia, lejos de todo, y eso significa un tremendo daño para la sociedad, porque los mayores tienen muchísimo que entregar. 

 

 

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