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El desgobierno del gobierno

Diciembre 12, 2020 7


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En las elecciones presidenciales del 2017 la falsa idea que la coalición de la derecha “Chile Vamos” era capaz de dar al país una gobernabilidad considerablemente mayor que la proyectada desde el conglomerado de centroizquierda “Nueva Mayoría”, fue fundamental en el discurso del candidato Piñera para acceder a la Presidencia de la República.

Los grupos ultraconservadores amplificaron con enorme efectividad las divergencias y debilidades programáticas del bloque en el gobierno de la “Nueva Mayoría” y agrandaron la distancia que las separaba del Frente Amplio que presentaba su primera candidatura presidencial, así como su primera lista parlamentaria. Ante los titulares que “generosamente” aumentaban las diferencias no faltaron quienes echaron más leña a la hoguera.

El resultado que la derecha obtuvo fue óptimo, las fuerzas de izquierda y de centroizquierda se dividieron en diversas candidaturas y Piñera ganó la Presidencia sin grandes apuros.

A pesar de esa ingrata experiencia, otra vez se va por la misma vía. Hay componentes de la actual oposición que ponen el acento en lo que separa y divide haciendo un esfuerzo digno de mejor causa para hallar argumentos que eviten los acuerdos que se requieren tanto para defender a la clase trabajadora y la mayor parte de la clase media, sobre cuyos millones de personas recaen los costos de la crisis económico-social y sanitaria, como también para anular los esfuerzos de construir una alternativa potente que pueda dar respuesta a la encrucijada que vive Chile.

Ahora bien, el eslogan piñerista “vendrán tiempos mejores” surgía desde la falsa seguridad que la derecha era capaz de “ordenarse”, es decir, de contar con una conducción política eficiente y tener parlamentarios y dirigentes, cuya vocación de poder les hacía tener la voluntad de gobernar, de actuar en conjunto, de defender posiciones básicas, a la vez de concordar y realizar una eficaz acción común en los temas esenciales.

Nada de ello ocurrió. El gobierno de la derecha se basó en la venta y difusión de una gran mentira. La única voluntad real era hacer negocios a gran escala desde el aparato público, como el fallido propósito del exministro de Hacienda, por orden de Piñera, de rebajar los impuestos a los más ricos de los ricos, por una cifra superior a los mil millones de dólares anuales y tantos otros intentos, como reconvertir a las compañías de seguros en nuevas AFPs, o en otra escala, lo ocurrido en la Región de Coquimbo y objetado por Contraloría en una cifra por encima de los 12 mil millones de pesos.

En consecuencia, el liderazgo político del gobierno frente a la pandemia no podía ser más desastroso, lo que se intentó ocultar está ante el país en toda su cruda realidad: la conducción de Piñera ha sido un descalabro. Desde la errada estrategia de “rebaño” que terminó en una incontrolable oleada de contagios y muertes, hasta la cruel y mezquina decisión de negar un ingreso universal a las familias, confinadas y sin ingresos.

La unidad de la oposición no es simple retórica. Es una necesidad, para configurar una alternativa política y social que permita salir de la crisis más grave del país desde la dictadura. No es cierto que un sector, por razones generacionales, pueda esperar mientras los demás actores se queman en el intento.

El resultado ha sido exactamente lo que predice el adagio: “el que siembra vientos cosecha tempestades”, lo que se expresó en el trámite parlamentario de los proyectos de reforma constitucional para el retiro en dos ocasiones del 10% de los fondos de las AFPs. El gobierno defendió los intereses financieros con tenaz resistencia, pero fue categóricamente derrotado, precipitándose un drástico cambio de gabinete y una impopularidad del gobernante sin precedentes.

En el bloque gobernante no hay objetivo común, se impuso el “sálvese quien pueda” en un espectáculo en que los diferentes actores de la derecha se han agredido con gruesos epítetos y las volteretas ideológico-políticas han sido dignas del mejor trapecista, con Lavin que fue apasionado pinochetista -como se lee en su libro “La revolución silenciosa”-, dando un salto mortal para venderse como “socialdemócrata”.

También los parlamentarios se olvidaron de ser Evópoli, RN o UDI para denigrar a su propio gobierno, exigiéndole más “calle”, acusándolo de “llegar tarde” y sin respuesta a la crisis social que vive Chile. Incluso, un grupo de ellos “congeló” las relaciones con el gabinete, por su nulo aporte a la solución de las demandas en la Araucanía.

El propio Piñera que ofendió y gritó a los partidarios del 10% tuvo que adorar lo que poco antes odiaba y debió apoyar un nuevo retiro de fondos con una ley impulsada por él mismo para frenar el trámite de una segunda reforma constitucional. Es muy probable que esta voltereta se explique porque evaluó que el forado legal abierto por el uso de las reformas constitucionales le hacía perder definitivamente el apoyo de los clanes financieros, con las consecuencias que ello tendría para la estabilidad de su gobierno.

En una suerte de desquite por sus continuos fracasos, Piñera realiza provocaciones que irritan a la ciudadanía, cómo hacerse fotografiar por sus escoltas bajo la estatua al general Baquedano en Plaza de la Dignidad, comprar licores en Vitacura en el momento más duro de propagación de la pandemia, y hace pocos días volver a fotografiarse, sin mascarilla de protección, en el balneario de Cachagua. Es un delirio de grandeza, él hace lo que su gobierno no permite.

Piñera cayó en una torpe frivolidad y se burla de las decisiones de su propio gabinete de ministros. Luego se disculpa por razones obvias. Pero, es una nueva etapa, se trata del desgobierno del gobierno. Ya sabe que no podrá revertir la crisis social y la condena que sus políticas generaron. Ante ello, se ríe de Chile.

Por eso, la unidad de la oposición no es simple retórica. Es una necesidad, para configurar una alternativa política y social que permita salir de la crisis más grave del país desde la dictadura. No es cierto que un sector, por razones generacionales, pueda esperar mientras los demás actores se queman en el intento. La profundidad de la crisis exige el concurso y el compromiso de la totalidad de las fuerzas que piensen en el futuro de Chile. No hay excusas para negarse.

 

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