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El día después de la pandemia: ¿cuál será la salud del futuro?

Abril 17, 2021 5


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El fin de la pandemia se abría como una posibilidad próxima con el desarrollo de las diversas vacunas, sin embargo, esa esperanza se ha ido borrando con el paso de las últimas semanas. Ahora sabemos que, si la distribución mundial de estas es desigual y se posterga a millones de habitantes de países pobres, el virus y la oleada de nuevas cepas tendrán una carrera libre. Esto favorece que el virus evolucione en variantes más transmisibles y letales, que pueden incluso poner en duda la eficacia de la vacuna a nivel global.

Esta pandemia ha transformado extraordinariamente nuestras vidas y es posible que no sea la única pandemia que viva esta generación. La aparición del COVID-19, más que un fenómeno aislado, está en estrecha relación con la emergencia de otros virus que han surgido en las últimas décadas y cuyo factor común es la disrupción de ecosistemas que se han generado producto de actividades humanas. Las devastación de hábitats naturales, la ganadería a gran escala, en condiciones de hacinamiento e insalubridad, nos han expuesto a patógenos que hasta hace poco eran desconocidos para nuestra especie.

Sobre esto, la propuesta con mayor consenso es reemplazar el sistema de Isapre/Fonasa por un Fondo Único de Salud que, bajo una lógica de solidaridad entre jóvenes y viejos, sanos y enfermos, recaude todos los recursos para financiar un Sistema Universal de Salud. La evidencia internacional demuestra que los esquemas de fondo común no solo son más equitativos, sino también más eficientes y distribuyen de forma más racional los recursos a nivel nacional en función de necesidades, mitigando, por tanto, las disparidades territoriales.

La tecnología y la conectividad mundial, por su parte, hacen que la velocidad de diseminación de nuevos virus demore unas horas en un vuelo de avión. Si bien las zoonosis –el salto de patógenos entre especies– ha acompañado al ser humano desde su origen, la intensidad de estos factores cruzados no tiene precedentes en nuestra historia. Así, el riesgo de una pandemia es mayor y serán muy probablemente estos patógenos emergentes la amenaza más importante para la salud mundial de nuestra época.

Aún así, sería un error pensar el problema del COVID-19 en un sentido puramente biológico. Más que una lucha de un virus contra un cuerpo, es también una pugna contra la sociedad que le rodea. No es posible aislar la virulencia de este virus de sus factores contextuales: altas tasas de pobreza, sistemas sanitarios inadecuados, instituciones públicas débiles y desfinanciadas, élites que priorizan aumentar sus riquezas en vez cuidar la vida de sus trabajadores. En Chile los números son claros, según datos cruzados de fallecimientos del Departamento de Estadísticas e Información e Información de Salud (DEIS), la mortalidad por COVID-19 en una comuna pobre como La Pintana es casi hasta seis veces mayor que la de una comuna rica como Vitacura.

Frente a este escenario es un alivio saber que, aun cuando el COVID-19 no desaparezca pronto, lo más probable es que en el futuro su importancia disminuya significativamente, pasando a ser parte del pool anual de virus respiratorios. Así, poco a poco iremos retornando a nuestra vida previa. Ante ello, cabe una pausa para preguntarse: ¿qué pasará el o los días posteriores a la pandemia? ¿Habrá cambiado algo? ¿Cuán preparados estamos como sociedad para las próximas emergencias sanitarias? ¿Se habrá modificado nuestro sistema de salud?

Toda persona que haya vivido la experiencia de la salud pública previo al COVID-19, sabe que su normalidad era el colapso y la precariedad. Hospitales públicos haciendo frente al desfinanciamiento crónico, servicios de urgencia saturados, hospitalizaciones en sillas metálicas y pasillos, años de espera para intervenciones quirúrgicas. Para las personas más pobres la experiencia de enfermedad, hace mucho tiempo, está ligada a la angustia de no saber si podrán acceder a un buen tratamiento.

La salud del futuro

Parece ser que este continuo de crisis entre las movilizaciones del 18 de octubre y la pandemia del COVID-19, abre un momento único para un proceso radical de cambios al modelo de salud. Esto, sin duda, debiera abarcar múltiples dimensiones: salud mental, fortalecimiento de la atención primaria, descentralización de especialistas, entre otras. Pero el problema medular de la salud en Chile es la desigualdad en el sistema de financiamiento, no hay posibilidad de mejorar la salud en el país sin cambiar la actual distribución de recursos.

Sobre la inequidad del modelo de salud chileno ya hay mucho dicho. La idea de que la salud es mercantilizable, genera una grieta que separa a enfermos pobres de los que pueden pagar. La mitad de los recursos totales en salud se destinan a solo un 17% de la población, quienes se encuentran afiliados a alguna Isapre. Lo que por cierto y a propósito de los filtros de estas instituciones, corresponde a la población más sana y rica del país. Mientras que con la otra mitad, se intenta cubrir, en un debilitado servicio público, al 80% de la población más pobre y con más enfermedades.

Sobre esto, la propuesta con mayor consenso es reemplazar el sistema de Isapre/Fonasa por un Fondo Único de Salud que, bajo una lógica de solidaridad entre jóvenes y viejos, sanos y enfermos, recaude todos los recursos para financiar un Sistema Universal de Salud. La evidencia internacional demuestra que los esquemas de fondo común no solo son más equitativos, sino también más eficientes y distribuyen de forma más racional los recursos a nivel nacional en función de necesidades, mitigando, por tanto, las disparidades territoriales.

Sin Isapres, las millonarias ganancias de sus dueños se podrían destinar en intervenciones que mejoren la salud de la población, evitaríamos los gastos propios de un sistema mercantilizado, como los grandes costos administrativos en seleccionar afiliados con bajos riesgos. No sería necesario tampoco incurrir en gastos por concepto de marketing, porque sería un sistema sin clientes. Un fondo común de salud es incluso una mejor opción para aquellas personas que hoy pertenecen a alguna Isapre y, en posición de consumidores, están obligados a aceptar planes abusivos.

Para finalizar, una última idea. La precariedad de la salud pública en Chile no es solo que el Estado se haya desentendido de sus instituciones, es fundamentalmente un asunto de conflicto de intereses. El modelo de aseguramiento privado se mantiene pese a que no beneficia a la mayor parte de la población y, esto, es debido al gran poder fáctico que tienen los dueños de clínicas e Isapres. Por ello, acabar con este modelo y consolidar uno nuevo sobre la base de la solidaridad, exige enfrentarse al poder político y económico de los dueños de fortunas en salud.

Estamos en un momento único, donde el proceso constituyente en ciernes nos permite imaginar un Sistema Nacional de Salud Universal. Uno que cubra a toda la población y se erija sobre principios de seguridad social y equidad, que le imprima a nuestra sociedad un carácter genuino de solidaridad. Es posible con ello erradicar el estigma asociado a la salud pública de mala calidad. La salud pública justamente financiada, puede ser de los mejores estándares de calidad posibles.

La realidad del día después del coronavirus, cuando esté controlada la pandemia, solo será consecuencia de lo que podamos definir estos meses. Sabemos que las crisis no necesariamente se resuelven inclinándose en transformaciones para los afectados; la historia es muy elocuente respecto a ejemplos donde estas circunstancias excepcionales, sirven de excusa para que las élites den una vuelta más firme a la tuerca en la que fundan sus privilegios.

Este momento es único para cambios y, después de esta gran tragedia, sería aún peor que las cosas se mantengan como antes.

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