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Europa y América Latina ante el nuevo escenario geopolítico

Noviembre 26, 2020 3


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En el complejo e incierto mundo de la nueva globalización, agravado por la pandemia, se precisa de una visión prospectiva, estratégica y un posicionamiento geopolítico de países y regiones, que vaya más allá de cuestiones inmediatas, de proximidad geográfica, de una cooperación tradicional o de intereses económicos clásicos. La geografía importa, pero las fronteras hoy son digitales, tecnológicas, y la nueva normalidad internacional se puede transformar en la nueva marginalidad global. Por eso, la visión de largo plazo, es decir, la prospectiva estratégica y las alianzas estratégicas, son cada vez más necesarias. Imprescindibles.

En las relaciones entre la Unión Europea y América latina –de larga data histórica e innegables valores comunes– hay lo que podríamos denominar un “atraso geopolítico”. Ambas regiones estamos ancladas en la geopolítica del siglo XX, sin proyectarnos conjuntamente, sin hacer la sinergia para el siglo XXI, desde la masa crítica que podríamos crear juntos, hacia escenarios de presente y de futuro de un mundo que cambió radicalmente. Internet, la secuenciación del genoma humano, la inteligencia artificial y la singularidad tecnológica hacen que el futuro ya no sea lo que era.

Eso lo han entendido muy bien en China y en el Asia en general, donde acaban de firmar el acuerdo estratégico más grande y futurista del mundo, el RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership) entre los diez países de la ASEAN más China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, en el que en todo caso no es menor que no participe la India. Y en Europa del Este, Rusia también mueve ficha, promoviendo un amplio acuerdo económico y comercial de la Unión Económica Euroasiática con la India.

Pero del lado latinoamericano, que en este tablero prácticamente no cuenta, lo que falta es consensuar una estrategia y una posición común para relacionarse con la UE en una perspectiva de futuro, que permita responder políticamente a la voluntad europea de reforzar la relación. Ello no se ha logrado desde la última Cumbre birregional UE-ALC de 2015. La anunciada iniciativa de la actual presidencia alemana de la UE, de convocar para diciembre una reunión de cancilleres ALC-UE, podría ser una oportunidad para que nuestros países iniciaran un camino de concertación para avanzar con el Viejo Continente en la perspectiva que se necesita y no seguir en esta “subordinación estratégica”.

Bastan algunos datos para relievar la importancia de ALC para la UE, que deberían ser tomadas más en cuenta a la hora de fijar prioridades, tanto por la UE como por nuestros países: la UE es el primer inversionista, el primer proveedor de cooperación al desarrollo y el tercer socio comercial de ALC (fue durante un tiempo el primero, luego el segundo y ahora el tercero, desplazado por China).

Hay también un intenso intercambio de profesionales y estudiantes que llega a más de siete millones de personas, donde más de 700 universidades de ambas regiones cooperan académicamente. ALC es, asimismo, un repositorio de la naturaleza, tiene recursos naturales, energía, juventud y resiliencia. Todos, factores sin duda claves en esta crisis. Tenemos 27 acuerdos comerciales entre ambas regiones, el tratado con el Mercosur está pendiente de ratificación y que, de concretarse, sumado a los acuerdos ya existentes, daría paso a una zona de libre comercio eurolatinoamericana capaz de generar un balance estratégico global.

Con el cambio de administración en EE.UU. es posible que en un corto plazo se retomen las negociaciones con la UE para el acuerdo transatlántico (TTIP) y eventualmente un retorno, aunque difícil, de Estados Unidos al TPP. América Latina podría articularse regionalmente para buscar vincularse a estas opciones.

Estas consideraciones geopolíticas y estratégicas son fundamentales, en momentos en que se debe entrar en un rediseño de todo el sistema multilateral, que ya no responde a las realidades del siglo XXI y, además, ha quedado rebasado por la pandemia.

Como bien recuerda el vicepresidente de la Comisión Europea y Alto Representante de la UE para las Relaciones Exteriores, Josep Borrell, en el escenario multilateral representamos en conjunto casi un tercio de los votos en la Organización de Naciones Unidas (ONU). Podemos agregar, también, que en la Organización Mundial de Comercio (OMC) la UE y los países de ALC tenemos un peso crítico importante que será necesario para su reforma y la regulación del comercio internacional de la IV Revolución Industrial y la era digital. Y en el G-20 tenemos juntos un gran peso demográfico y económico, en el que participan tres de los más grandes países latinoamericanos: Argentina, Brasil y México.

Según Borrell, si no remediamos esta situación de atraso en las relaciones, no nos asociamos la UE y ALC, ante una guerra por la hegemonía comercial y tecnológica China-EE.UU., corremos el “riesgo de quedar en una posición de subordinación estratégica”.

América Latina es la única región con la que la UE ha firmado un Acuerdo de Asociación Estratégica, del que se han cumplido 21 años y que ha sido clave para potenciar el diálogo político, el comercio y la cooperación. No obstante, dicha voluntad política, expresada en medio de un mundo distinto, necesita ser puesta al día, mediante una acción efectiva que trascienda los límites de una cooperación clásica, para ser juntos –como señalan documentos oficiales– “una sociedad de actores globales”, “ocupar conjuntamente un papel activo en la reconstrucción de la sociedad internacional del futuro” y “aunar fuerzas para un futuro común”.

Pero del lado latinoamericano, que en este tablero prácticamente no cuenta, lo que falta es consensuar una estrategia y una posición común para relacionarse con la UE en una perspectiva de futuro, que permita responder políticamente a la voluntad europea de reforzar la relación. Ello no se ha logrado desde la última Cumbre birregional UE-ALC de 2015. La anunciada iniciativa de la actual presidencia alemana de la UE, de convocar para diciembre una reunión de cancilleres ALC-UE, podría ser una oportunidad para que nuestros países iniciaran un camino de concertación para avanzar con el Viejo Continente en la perspectiva que se necesita y no seguir en esta “subordinación estratégica”.

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