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La pandemia y el Servicio Exterior

Abril 7, 2021 2


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El lamentable fallecimiento del cónsul general de Chile en Rosario, acaecido exactamente hace un año, en pleno ejercicio de sus funciones, representó en su momento una campanada de alerta respecto a las vulnerabilidades que debe enfrentar un Servicio Exterior que –lejos de interrumpir su labor– debe seguir funcionando en las más diversas condiciones, entre ellas, las sanitarias. Nuestras representaciones diplomáticas y consulares están conformadas por personal preparado y dispuesto para servir en lugares muy disímiles, en el entendido que el cordón umbilical con nuestra patria está dado por un servicio que lidera políticas claras, se adecua a las circunstancias y brinda el respaldo necesario a sus integrantes.

Como se recordará, uno de los principales desafíos abordados fue facilitar el retorno de los compatriotas a nuestro país. El mismo representó un importante esfuerzo de logística y coordinación, que permitió brindar alivio a miles de familias y valorar una eficiente gestión consular por parte de nuestros representantes. En Chile, en tanto, el representante de la OPS-OMS hacía pedagogía en los matinales de televisión respecto a las características de este fenómeno de conformidad con las directrices de la entidad.

El diseño de una estrategia destinada a identificar cómo apoyar a los funcionarios en el exterior, tanto en resguardo de su salud como en la adopción de medidas concretas y efectivas de protección, ocupó un lugar secundario. La mera derivación de la coordinación del problema a un departamento de la Cancillería, significó una respuesta insuficiente y burocrática frente a tan grave emergencia. Los resultados de esta debilidad se hicieron evidentes. Y, por cierto, la pandemia dio cuenta rápidamente de la insuficiencia de tales medidas. El hecho de no haber auxiliado a las misiones con algunos implementos básicos, que inicialmente escaseaban en el mundo, representó una oportunidad perdida para encarar este con la agilidad y la prontitud que se requerían.

Con el transcurso de los meses se fueron presentando las vicisitudes y oscilaciones que conocemos en la evolución de este flagelo. Más allá de cualquier consideración interna, es evidente que el Ministerio de Relaciones Exteriores, a través de la Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales, ha jugado un rol relevante en la búsqueda y obtención temprana del principal antídoto que la comunidad científica mundial ha diseñado para contener su propagación. No obstante las circunstancias actuales, justo es reconocer que este exitoso esfuerzo derivó en la implementación oportuna de un masivo proceso de vacunación.

Pareciera ser, sin embargo, que en este diseño se ha dejado de lado el hecho de que Chile existe más allá de sus fronteras y que esta presencia se encuentra dada, precisamente, por el Servicio Exterior. Y también pareciera ser que en estas últimas semanas se han presentado lamentables y bochornosas situaciones que dan cuenta de la falta de criterio y empatía con que algunas jefaturas han impulsado iniciativas que no se condicen con la situación sanitaria existente en las ciudades en que se encuentran esas misiones. No es lógico ni razonable que la jefatura de servicio “acceda” a tomar medidas en nuestras misiones en el exterior, frente a un legítimo y oportuno planteamiento formulado por la Asociación de Diplomáticos de Carrera. Si no se han reorientado las prioridades de Política Exterior y asignación de recursos en las actuales circunstancias, al menos cabría haber esperado la adopción de directrices oportunas, que hubiesen contribuido a morigerar el riesgo de contagios entre nuestros propios funcionarios.

En otros momentos, nuestra Cancillería tuvo la capacidad de brindar auxilio eficaz a quienes se desempeñaban en un convulsionado Oriente Medio, mediante su evacuación o el suministro de implementos que les permitieron enfrentar de mejor forma la adversidad, o proporcionar vacunas a los funcionarios destinados en países en que avanzaba la gripe aviar.

Ello contrasta con la reacción inicial de la Cancillería, que no estuvo a la altura de las circunstancias. El diseño de una estrategia destinada a identificar cómo apoyar a los funcionarios en el exterior, tanto en resguardo de su salud como en la adopción de medidas concretas y efectivas de protección, ocupó un lugar secundario. La mera derivación de la coordinación del problema a un departamento de la Cancillería, significó una respuesta insuficiente y burocrática frente a tan grave emergencia. Los resultados de esta debilidad se hicieron evidentes. Y, por cierto, la pandemia dio cuenta rápidamente de la insuficiencia de tales medidas. El hecho de no haber auxiliado a las misiones con algunos implementos básicos, que inicialmente escaseaban en el mundo, representó una oportunidad perdida para encarar este con la agilidad y la prontitud que se requerían.

Pero se requiere avanzar, mirar hacia adelante con las lecciones aprendidas y adoptar algunas medidas importantes que pueden marcar un tono distinto.

En ese sentido, nos parece válido y necesario considerar la vacunación de la totalidad de los integrantes del Servicio Exterior, independientemente del lugar en que se encuentran, respetando los criterios generales que la autoridad sanitaria dispone para los diferentes servicios públicos de nuestro país. Nuestros diplomáticos y personal auxiliar son parte de Chile y no existe impedimento técnico alguno para hacerles llegar este necesario auxilio, donde la posibilidad de acceder a esta vacuna aún aparece como muy remota. Para quien la recibe a miles de kilómetros de distancia, esto es mucho más que una encomienda.

Adicionalmente, debe considerarse la creación de una unidad especial, a cargo de un funcionario de alto rango, como embajador o embajadora, dotada con todos los elementos necesario para cumplir con su función, con amplia experiencia y varios destinos en el exterior y con capacidad para ordenar el apoyo a nuestras misiones, para coordinar este asunto e identificar la mejor forma de apoyar a nuestras misiones diplomáticas y consulares.

El tiempo ha transcurrido de manera apremiante y vertiginosa. En este contexto, cada día se reciben informaciones relevantes respecto a la mejor manera de enfrentar este desafío. Es por lo que, junto con reiterar la imprescindible necesidad de replantear las prioridades tradicionales de nuestra política exterior, se requiere de manera preferente cuidar el capital humano, principal activo que dispone una institución que honra el compromiso de levantar nuestra voz y procurar la incansable defensa de nuestros intereses en el mundo.

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