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Lastre y obstáculos para la estrategia china al 2035

Abril 2, 2021 3


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La sesión anual de la Asamblea Nacional Popular (el Parlamento chino) en el Gran Palacio del Pueblo en los primeros días de marzo, fue el escenario desde donde el liderazgo chino dio a conocer sus objetivos para el desarrollo económico de los próximos años (Plan Quinquenal 20121-2025) y de su proyección como país al 2035. Allí los anuncios fueron claros: China, el país que presume de haber derrotado al COVID-19, quiere ser el líder del mundo tras la pandemia, aprovechando que el resto de economías están aún sufriendo la crisis causada por el coronavirus, particularmente en la creencia de que Estados Unidos esta en crisis.

En relación con esto último, Yang Jiechi, director de la Oficina China de la Comisión Central de Relaciones Exteriores, en la reciente cumbre de Alaska entre Estados Unidos y la República Popular China, reiteró que “mucha gente dentro de los EE.UU. en realidad tiene poca confianza en su democracia”, aludiendo a los hechos ocurridos durante la última elección presidencial.

A pesar de que Pekín dice mirar al futuro con prudencia, confía plenamente en la recuperación al fijar el objetivo de crecimiento económico para el 2021 por encima del 6% (cifra menor del 8% o 9% que esperaba) y, con ello, en la viabilización de su proyección estratégica. El gobierno chino, teniendo presente su diputa con EE.UU., ha focalizado su esfuerzo en lograr un nuevo patrón de desarrollo basado en la innovación que permita la autosuficiencia tecnológica en los próximos años, con un considerable aumento de la inversión en I+D. Es decir, China está apostando por un crecimiento cualitativo y autosuficiente, apostando al factor más preponderante de poder del siglo XXI más que a uno cuantitativo, complementando este con políticas medioambientales (una economía más verde) y el desarrollo del mercado interno, sin olvidar la fortaleza en defensa, etc., lo que le serviría para empezar a “ganar” el pulso comercial con EE.UU.

Lo más característico de la presencia y actuación de las grandes potencias, más aún aquellas que pretenden ser hegemónicas como la República Popular China, es la tendencia a generalizar, en toda la sociedad internacional, ciertas formas o relaciones de dominación y/o cooperación, gracias a las cuales imponen a los restantes países y a la totalidad del sistema internacional una cierta ordenación institucional jerárquica de la que ellas mismas son las principales garantes y beneficiarias. Pensando en esto y en el contexto pospandemia (si hay una solución en el mediano plazo), el camino para el ascenso chino no se ve fácil.

En relación con la “visión para el 2035” –que marcará la ruta económica y del desarrollo a seguir en los próximos quince años–, China espera doblar su PIB per cápita y consolidar su ascenso “pacífico”. Con este plan, Xi Jinping quiere consolidar pospandemia una China como potencia global (nuevo hēgemōn en lo posible), proceso que junto a movimientos de poder interno (algo no visto desde Mao Tse Tung o Mao Zedong), refuerzan su control total como el líder firme que ha ganado la batalla al COVID-19 y se ha enfrentado a EE.UU. con éxito en su ascenso “imperial”: de hecho lo convierte en un “presidente vitalicio” (lavanguardia.com, 08/03/2021). El presidente Biden durante una conferencia de prensa agregó que Xi Jinping «no tiene ni un hueso democrático, con d minúscula, en su cuerpo; pero es una persona muy, muy inteligente».

Pekín varias veces ha advertido a Washington que evite crear nuevos obstáculos, para así poder reparar sus maltrechas relaciones y le recordó que “no aceptará acusaciones infundadas” o injerencias en su “soberanía”, por las medidas de coacción (silenciar a la oposición) que esta aplicando para suprimir todas las insubordinaciones democráticas que restrinjan el poder total de China en Hong Kong (se acabó la teoría de un país dos sistemas como se ve con la nueva Ley de Seguridad y la reforma a sus sistema electoral), la represión que ejerce en contra de las minorías nacionales, como la uigur o su intento por controlar el mar de China Meridional, como proyección geopolítica (o territorios en disputa) y la amenaza incremental hacia Taiwán. Esta advertencia la reiteró recientemente Yang Jiechi, al secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, y al asesor de seguridad Jake Sullivan, en el encuentro de Alaska.

China también ha contemplado el poder duro en su ascenso/advertencia, como se ve en el aumento de su gasto en defensa en un 6,8% este año y que, de acuerdo al primer ministro Li Keqiang, es para mejorar el armamento y “responder a los riesgos de seguridad en todas las áreas y situaciones”, en referencia a la disputa con Taiwán y a las disputas territoriales con India en la cordillera del Himalaya, aunque en el fondo es para sustentar su posición de potencia estratégica global (estatura político-estratégica). Desde la perspectiva de EE.UU., la relación de seguridad más importante de China es con Rusia, la otra gran potencia en controversia con Estados Unidos, con considerable capacidad militar y que tienen gran influencia en diversos conflictos internacionales.

Hong Kong un ensayo, Taiwán la prueba de fuego

En una estrategia de “guerra de tolerancias”, Taiwán está emergiendo rápidamente como una importante prueba de fuego para la disputa hegemónica y la política de la administración Biden no solo en Asia, un proceso que probablemente marcará la diferencia en la intensidad del conflicto en el volátil Mar de China Meridional en medio de múltiples demostraciones de fuerza (provocaciones chinas y de EE.UU. y sus aliados) y en otras esferas del globo (por ejemplo, Antártica y el Ártico).

En lo práctico de esta estrategia, por ejemplo, aviones de combate y bombarderos chinos con capacidad nuclear han intensificado violaciones en el espacio aéreo taiwanés en las últimas semanas, lo que llevó a Taipei a responder desplegando sistemas de misiles, a emitir advertencias severas y a la presidenta Tsai Ing-wen nombrar al exgeneral Chiu Kuo-chen, un graduado de la Escuela de Guerra del Ejército de EE.UU., como su nuevo ministro de Defensa. Se espera que Chiu Kuo-chen, entrenado por EE.UU., supervise una expansión constante de la cooperación militar con el Pentágono, mientras impulsa un desarrollo de capacidades asimétricas y defensivas de Taiwán a la luz de las crecientes amenazas.

La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Jen Psaki, reiteró que EE.UU. «apoyará a amigos y aliados para promover nuestra prosperidad, seguridad y valores compartidos en la región del Indo-Pacífico». Ese mensaje concuerda con la estrategia del presidente Biden de construir una alianza de democracias afines para contener las ambiciones de China en el Indo-Pacífico (y otras partes con su Ruta de la Seda). También reconoce la importancia estratégica de Taiwán para la posición de seguridad naval de EE.UU. en la región. En este sentido, el presidente Biden ha continuado con la política reforzada de apoyo militar y diplomático a Taiwán de la era Trump. La primera señal de continuidad fue la decisión sin precedentes del equipo de transición de Biden de invitar formalmente a la embajadora de facto de Taiwán en Washington, Hsiao Bi-khim, a la ceremonia de inauguración presidencial en enero.

El presidente Biden dijo que le aclaró a su par chino que no busca una confrontación diplomática o comercial entre ambos países, pero Pekín debe jugar su rol en el mundo bajo las leyes internacionales, compitiendo de forma justa y le aseguró que Washington trabajará con sus aliados para exigir responsables por las acciones chinas en Taiwán, Hong Kong y el mar de China, así como por la represión a la minoría uigur (cooperativa.cl, 25/03/2021). La administración Biden también ha expandido los despliegues navales a las aguas adyacentes de China, incluido el estrecho de Taiwán, en una demostración de determinación de permanecer como un ancla de estabilidad en la región (Francia realiza también patrullajes navales en la zona desde el 2019 y se espera que otros países lo hagan como Reino Unido, Australia e India).

China ha reaccionado con su retórica dura habitual ante cualquier signo de una cooperación estratégica mejorada entre EE.UU. y Taiwán, advirtiendo a Washington de no «cruzar la línea (roja) y jugar con fuego» y que «no hay lugar para el compromiso» sobre el tema de Taiwán. Pekín considera a la isla, que ha gozado de independencia y autonomía de facto desde el final de la II Guerra Mundial, como una provincia renegada que debe reunificarse con el continente, ello a pesar de los signos propios de la isla, como que los aborígenes taiwaneses estaban ahí miles de años antes de la emigración de la etnia Han en el siglo XVII o que la población constituya una cultura híbrida (incluidas raíces asiáticas diversas, holandesas, japonesas y portuguesas). En los últimos años, el presidente Xi Jinping ha advertido que la reincorporación de Taiwán bajo el gobierno de Beijing (una sola China) es “inevitable” y debe lograrse por “todos los medios necesarios”, incluida una posible invasión armada. Sin embargo, este también ha dejado ver, aunque sea retóricamente, que su país busca “promover los intercambios, la cooperación y el desarrollo integrado a través del Estrecho de Taiwán » (asiantimes.com, 10/03/2021).

En todo caso, no hay que olvidar que China ha tenido (y tiene) conflicto con todos sus vecinos (entre ellos, conflictos armados con India, Japón, Rusia, Vietnam, etc.), que no está dispuesto a solucionar con la mediación de un tercero (no aceptó el falló de la Corte Internacional en una disputa con Filipinas). Hoy, además, enfrenta a un EE.UU. “reloaded” dispuesto a ejercer un liderazgo internacional en alianza, como lo demuestra su retorno a la escena mundial, por ejemplo, con la reciente reunión del secretario estadounidense de Defensa, Lloyd Austin, con el primer ministro indio Narendra Modi y donde este expresó, sin mencionar a China, que «India y EE.UU. se han comprometido en una asociación estratégica, que es una fuerza para el bien del planeta» (dw.com, 20/03/2021).

Retorno y complejización de Estados Unidos

En un mundo globalizado con pandemia y mirado desde la ciencia y la salud, es difícil derrotar un virus que puede entrar por cualquier rendija en esta compartida nave espacial Tierra, más aún si estamos tan comunicados y el COVID- 19 muta como cualquier virus (lo vemos en los casos de Reino Unido, Brasil, India, etc.). Por lo mismo y relativizando la afirmación china (de acuerdo a Our World in Data, China solo había administrado 4.51 dosis de vacunas por cada 100 habitantes, mientras Chile, al 14 de marzo, 38.8 por cada 100), la pandemia solo podría ser controlada individualmente en un territorio determinado, solo por un tiempo determinado. Su “derrota” requiere de una cooperación multilateral activa y transparente (cosa que, por ejemplo, China ha limitado al equipo de la OMS que fue a Wuhan de acuerdo al informe de la OMS –cnnespañol.cnn.com, 31/03/2021). Además todavía quedaría pendiente ver sus efectos para cantar victoria, efectos que contemplan desde el peso de la tribalización relativa de los países (cerrazón/autosuficiencia), los cambios de los patrones de consumo mundial y sus impactos en el modelo de desarrollo prevaleciente, la revalorización de lo aceptable o no en términos valóricos, entre muchos otros.

Válido entonces es preguntarse si realmente logró “controlar” el virus y, de acuerdo a ello, cómo podrían afectar sus proyecciones. Lo mismo y como declaró Yang durante la cumbre de Alaska, es válido preguntarse si «los líderes de China tienen el amplio apoyo del pueblo chino», entonces ¿por qué se preocuparían por los informes de Zhang?, una abogada-periodista que fue condenada en un juicio a puerta cerrada, a fines de diciembre de 2020, a cuatro años de prisión por el delito de haber viajado en febrero de 2020 a Wuhan, donde filmó hospitales abrumados en la ciudad donde comenzó la pandemia. Fue detenida en mayo y ha sido alimentada a la fuerza mientras realiza una huelga de hambre. Igualmente, ¿qué podrían temer los gobernantes chinos de un joven de 24 años de habla suave como Joshua Wong? Wong fue sentenciado en diciembre a 13 meses y medio de prisión por ayudar a organizar y participar en una protesta en Hong Kong en 2019, por la mantención del régimen democrático de Hong Kong. Y así.

Durante los cuatro años del presidente Trump (un líder transaccional) y tal como lo han expresado funcionarios chinos, este país asiático se enfrentó a “un matón impredecible, guiado a veces por intereses egoístas propios y en otros por asesores que detestaban al Partido Comunista”. Xi Jinping decía que las relaciones con Estados Unidos parecían un “combate de boxeo sin reglas”. Sin embargo, hoy el presidente es Biden (un líder más estratégico) y tal como se lo manifestó a Xi Jinping: «Mientras usted y su país continúen descaradamente violando los derechos humanos, seguiremos sin descanso llamando la atención del mundo y dejar claro lo que está pasando. Y él entendió lo que dije» (cooperativa.cl, 25/03/2021). Es decir, quiere que la contienda sea más ordenada, menos abiertamente ideológica y más compleja y difícil para China, y ahí entran los temas valóricos. Volviendo al lenguaje del cuadrilátero, como en el regreso de un campeón mundial del peso pesado, los demócratas plantean un estrategia más inteligente que seleccione con más cuidado las disputas con China, después de mucho entrenamiento para ganarlas (washingtonpost.com, 21/03/2021).

Más allá de la actitud de China (hoy menos cautelosa con la musculatura alcanzada, como lo demuestran sus diplomáticos Wolf Warrior), lo claro es que no habrá una vuelta a los días (2016) cuando la Casa Blanca sostenía que la colaboración podía lograr de China una apertura al mundo de su economía y, quizá, de su sociedad en emulación a los supuestos planteados por las “palomas” en su disputa con los halcones, en relación con el tema de Cuba en los sesentas (el soft power). El presidente Biden hará una crítica diferente a Trump, el que por arremeter no siempre racionalmente y con fuerza contra la asertiva China de Xi, no logró asestar “golpes” decisivos. Pero tampoco habrá una Guerra Fría como la que conocimos el siglo pasado. Los expertos chinos confían en que Pekín pueda impedir que se forme una alianza (al estilo bipolar) en el Indo-Pacífico. Señalan que China y no EE.UU. es el mayor socio económico para muchos de los aliados más importantes de Washington en el Asia-Pacífico, incluyendo a Japón, Corea del Sur y Australia. Yang Jiemian, hermano del principal diplomático chino Yang Jiechi, sostiene que una Guerra Fría rompería la cadena de producción transnacional y sería demasiado costosa para los aliados de EE.UU. en Europa y Asia, que negocian con China independientemente (foreignaffairs.com, 24/03/2021). Además y como lo ha señalado el propio presidente Biden, quiere involucrar a China (principal emisor de partículas contaminantes) y a Rusia (cuarto emisor) a buscar acciones globales en contra del cambio climático (elfinanciero.com.mx, 26/03/2021).

Es decir, la estrategia de EE.UU. es competir con China hasta en el planeta Marte pero, a la vez, llevarlo a un multilateralismo con reglas en temas centrales como el cambio climático y lo haga ceder parte de sus intereses más hegemónicos.

La administración de Biden rápidamente retomó y expandió lo que pudo haber sido la iniciativa de política exterior de EE.UU. con más visión estratégica del presidente Trump: un esfuerzo para forjar una asociación multilateral con Japón, India y Australia, en apoyo de una política exterior «abierta y libre» en la región del Indo-Pacífico. Eso significa una región no sujeta a la dominación de China y su “modelo autocrático” (elpolitico.com, 23/03/2021). El Diálogo de Seguridad Cuadrilátero (el Quad), que se originó en 2004 y fue revivido el 2017 por Trump, recibió un nuevo impulso con su primera reunión cumbre virtual de los cuatro líderes (funcionarios estadounidenses visitaron Tokio, Nueva Delhi y Seúl antes del encuentro de Alaska). Bajo Trump, el Quad se centró principalmente en la seguridad marítima. Pero en la cumbre, los líderes acordaron conjuntamente abordar el cambio climático, los desafíos que presentan las nuevas tecnologías y la epidemia de COVID-19. Si bien no es una alianza militar, ya lanzaron un proyecto tangible, potencialmente significativo y alternativo a la diplomacia de la deuda y la reciente diplomacia de la vacuna de China: fabricar y distribuir en conjunto hasta mil millones de dosis de vacuna contra el coronavirus para fines de 2022 en todo el sudeste asiático (wahingtonpost.com, 17/03/2021).

Como dice Malcolm Davis –analista senior en estrategia y capacidad de defensa del Instituto Australiano de Política Estratégica en Canberra– «China intenta poner fin a la supremacía estratégica de EE.UU. en el Indo-Pacífico y crear en su lugar un orden regional encabezado por ellos. Si pueden dividir a los aliados estadounidenses y coaccionarlos, eso hará más fácil para Pekín lograr ese objetivo». Para esto, en parte usa “la diplomacia de la trampa de la deuda para coercionar a estos estados pequeños (luego que no puedan pagar) y conseguir un punto de apoyo allí y poder controlar instalaciones críticas que puedan usar en el futuro para proyectar su poder, incluido el militar, en la región del Indo-Pacífico y en el Pacífico suroccidental». Es decir, no son razones puramente económicas (bbc.com, 17/03/2021).

En este contexto, el presidente Biden no va a cancelar los aranceles impuestos a dos tercios de las importaciones chinas, más aún teniendo presencia activa de Trump y su nacioalismo en el escenario político (prometió crear su propia plataforma en redes sociales) y las elecciones presidenciales 2024. El ministro de Comercio, Wang Wentao, dijo que más de 300 empresas chinas se habían visto afectadas por varias prohibiciones y restricciones desde 2018. La nueva administración tampoco va a desmontar los controles a la exportación y las restricciones a la inversión impuestas a las empresas tecnológicas chinas, sobre todo viendo que está pendiente la reciprocidad en los tratos de China, la necesidad de lograr la vuelta de puestos de trabajo con políticas industriales e infraestructura (ya se han recuperado 12 millones de los 21 millones perdidos por la pandemia, llegando el desempleo a 6.3%) y las reglas de “compre estadounidense” (“Buy American”) en apoyo de las empresas nacionales si es necesario. Esto se refuerza más con un partido presidencial (Partido Demócrata) más escéptico con respecto a la globalización y un contexto de apriete, donde la administración está considerando un alza de impuestos para las empresas para financiar sus prioridades (impuesto a la renta empresarial de 21 al 28%). El presidente Biden también ha hecho suya la política de tener una primacía sobre China en tecnologías fundamentales del futuro, desde la inteligencia artificial hasta la computación cuántica, con la ayuda de inversiones masivas en ciencia y redoblando la seguridad contra el espionaje.

Pekín amenaza con contraatacar en la disputa comercial, palanca esencial en el salto que ha dado China. Li Zhanshu, presidente del Parlamento y miembro del politburó, prometió en su informe anual al Congreso Nacional del Pueblo (NPC), adaptar la nueva legislación y elevar los estatutos existentes para armar a los tribunales con más poderes para juzgar casos que involucren a partidos y empresas extranjeras. Dijo que el CNP formaría un régimen jurídico sistémico para anular órdenes extranjeras «injustas y draconianas» con leyes chinas compensatorias (asiantimes.com, 10/03/2021). No obstante, cualquier nueva legislación destinada a contrarrestar las sanciones añadirá un nuevo grado de incertidumbre para los inversores extranjeros que ahora operan en China, en particular los proveedores y socios de empresas chinas de alto perfil. La Cámara de Comercio Europea, por ejemplo, expresó su preocupación a principios de este año cuando el Ministerio de Comercio chino contaminó su estatuto con nuevas reglamentaciones.

El talón de Aquiles: los derechos humanos y la democracia

El poder blando (valores como la libertad, los DD.HH. y la democracia) son una de las puntas de lanza fundamentales de la nueva administración de EE.UU. en política exterior y para enfrentar a regímenes no democráticos como China y Rusia. Funcionarios chinos admiten que les gustó la falta de interés del presidente Trump por los derechos humanos o los valores democráticos liberales, pero también saben que esto cambiará. Cabe destacar que los asesores de Biden han dicho que este ve con preocupación la brecha entre las tecnodemocracias, que utilizan herramientas digitales para ampliar las libertades, y un bloque tecnoautoritario encabezado por China. Así y en su primer diálogo con Xi Jinping, el presidente Biden subrayó sus profundas preocupaciones fundamentales sobre las prácticas económicas coercitivas e injustas de Pekín, la represión en Hong Kong, los abusos de los DD.HH. en Xinjiang y otros lugares (Mongolia, el Tíbet, etc.), las acciones cada vez más autoritarias en la región, incluyendo aquellas hacia Taiwán (bbc.com, 11/02/2021). Aunque Biden se incline por mostrarse cauteloso, como lo expresa un destacado analista de China, Yan Xuetong, su objetivo en esta relación es el mismo que Trump, “impedir que China reduzca la brecha de poder con Estados Unidos” y ha aplicado nuevas sanciones a 24 funcionarios chinos acusados por el aplastamiento de las libertades civiles por parte de China en Hong Kong.

En el momento de la devolución del Reino Unido a China de Hong Kong, Beijing garantizó hasta 2047 cierta autonomía y libertades (elperiodista.com, 11/03/2021). Sin embargo, China tiene una visión a la medida, a pesar del consenso y contundencia de la legislación internacional sobre DD.HH. y democracia. Niu Qingbao, el nuevo embajador de China en Chile, en la Comisión de RR.EE. de la Cámara, respondiendo a una pregunta sobre la situación de Hong Kong, por ejemplo, respondió diciendo “que en todos los países bajo distintas realidades, bajo distintos antecedentes de cultura, tienen distinta manifestación de los DD.HH., y la explicación de los DD.HH. no puede ser diversificada. No hay ningún país, ningún partido o ninguna bancada que pueda tener el monopolio en la definición de los DD.HH.» (emol.com, 24/03/2021).

Es claro que China no es una democracia con un gran sistema de control y vigilancia. Desde la década de 1990, por ejemplo, el gobierno chino ha construido y utilizado el llamado Gran Cortafuegos, un sofisticado sistema que impide a las personas acceder a sitios web y redes sociales extranjeros no deseados, incluyendo Google, Facebook, Twitter, YouTube y la mayoría de los principales medios de comunicación occidentales (expansión.mx, 18/03/2017). Ahora le tocó a Signal. Bajo la vigilancia de Xi, el Gran Cortafuegos ha sido fortificado y otras herramientas de vigilancia añadidas para endurecer la censura en internet (nytimes.com, 05/01/2019). Estos incluyen el Gran Cañón, que fue lanzado en 2015 para alterar y reemplazar el contenido en línea, según un informe de investigadores dirigidos por Bill Marczak del Citizen Lab de la Universidad de Toronto. Además, China aprobó leyes para endurecer el control de internet. Steve Tsang, director del Soas China Institute de la Universidad de Londres, dijo que el Partido Comunista utilizó internet para defender su «sistema antidemocrático», controlándolo estrictamente.

Sin embargo, uno de los temas que más preocupación mundial ha causado, además de la prisión de opositores (ahí está el incidente 709, por ejemplo, donde en julio del 2015 más 300 abogados y defensores de los DD.HH. fueron encarcelados –france24.com, 19/02/2018), es la “reeducación” forzosa de los uigures musulmanes en la región occidental de Xinjiang (ya en julio de 2020 EE.UU. había impuesto sanciones a 3 altos funcionarios chinos por lo mismo). En este sentido, un reciente informe de expertos del Instituto Newlines de Estrategia y Política en EE.UU. expresa que el gobierno chino ha violado todos los artículos de la convención de genocidio de la ONU (1948) en su trato a los uigures en Xinjiang, y tiene la responsabilidad de cometer genocidio.

«La intención de destruir a los uigures como grupo se deriva de una prueba objetiva, que consiste en una política y práctica estatal integral, que el presidente Xi Jinping, la máxima autoridad en China, puso en marcha», dice el informe. Según la convención de la ONU, firmada por 152 países, incluyendo a China, se puede declarar genocidio si una de las partes viola cualquiera de los cinco actos definidos. Estos son matar a miembros del grupo; causando graves daños corporales o mentales a los miembros del grupo; infligir deliberadamente al grupo condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción física total o parcial; imponer medidas destinadas a prevenir los nacimientos dentro del grupo; y la transferencia forzosa de los niños del grupo a otro grupo.

Como prueba de esta acusación, el informe citó informes de muertes masivas, condenas selectivas a muerte y encarcelamiento a largo plazo de ancianos, tortura sistémica y tratos crueles, incluidos abusos sexuales y torturas, interrogatorios y adoctrinamiento, la detención selectiva de líderes comunitarios uigures y personas en edad fértil, esterilización forzada, separación familiar, planes de transferencia masiva de trabajo y el traslado de niños uigures a orfanatos y internados estatales. «Las personas y entidades que perpetran los actos de genocidio antes indicados son todos agentes u órganos del Estado, actuando bajo el control efectivo del Estado» (The Guardian, 10/03/2021).

La publicación del informe se produce en medio de la sesión anual de la Asamblea Nacional Popular (las «dos sesiones»). El Partido Comunista Chino (PCCh) ha negado rotundamente haber cometido atrocidades y abusos contra la minoría musulmana uigur, a pesar de la creciente evidencia. El ministro de RR.EE., Wang Yi, dijo que las acusaciones de genocidio en Xinjiang «no podrían ser más absurdas… es un rumor fabricado con motivos ocultos y una mentira total».

Por primera vez desde Tiananmen en 1989 y a pesar de haber firmado un gran acuerdo comercial con la Unión Europea (China es su primer socio comercial –france24.com, 22/03/2021), sus cancilleres de decidieron a imponer sanciones a funcionarios chinos responsables de la represión de la minoría musulmana uigur de la provincia de Xinjiang, una medida a la que Beijing respondió con sus propias sanciones a funcionarios de la UE de acuerdo al medio Global Times, ligado al gobierno de Xi Jinping. Las sanciones que son contra cuatro funcionarios regionales y autoridades del partido, incluyen congelamiento de sus activos en la UE y la prohibición de viajar al bloque. También se penalizará a las empresas y ciudadanos europeos que les den asistencia económica, anunció la UE en un comunicado luego de adoptarse la decisión en una reunión en Bruselas de los cancilleres de los 27 países del bloque. Beijing no tardó en reaccionar al ataque de la Unión Europea con medidas análogas (abc.es, 22/03/2021).

Lo más característico de la presencia y actuación de las grandes potencias, más aún aquellas que pretenden ser hegemónicas, como la República Popular China, es la tendencia a generalizar, en toda la sociedad internacional, ciertas formas o relaciones de dominación y/o cooperación, gracias a las cuales imponen a los restantes países y a la totalidad del sistema internacional una cierta ordenación institucional jerárquica de la que ellas mismas son las principales garantes y beneficiarias. Pensando en esto y en el contexto pospandemia (si hay una solución en el mediano plazo), el camino para el ascenso chino no se ve fácil.

Más aún si vemos miedo (cierta tribalización), cambios de patrones del consumo, demandas sociales insatisfechas, entre otros, con el efecto del retorno en el escenario internacional de valores básicos reconocidos universalmente como democracia, DD.HH., respeto al derecho internacional, un multilateralismo con reglas claras, cooperación con soberanías inteligentes, etc.

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