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María Inés Solimano, viuda del periodista Luis Hernández Parker: “Nadie debería jubilarse nunca”

Diciembre 13, 2020 39


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Es viuda desde hace 45 años y está pronta a cumplir 90, tiene a su cargo a una hija con discapacidad mental y no deja de trabajar y ahorrar, dos lecciones que aprendió haciendo camino al andar, como dice su canción favorita, la que canta Serrat con versos de Machado.

María Inés Solimano (89), profesora de historia, colaboradora y amiga de Nemesio Antúnez a quien ayudó a remodelar el Museo de Bellas Artes a fines de los 60, artesana y diseñadora que revolucionó la moda en el Santiago de los 70 con sus vestidos tejidos, onda jipi chic, de su boutique Point, hoy sigue tejiendo y vendiéndolos, fundamentalmente a novias, clientas que este año, a causa de la pandemia, se volvieron casi inexistentes.

Pero María Inés ya dijo: aprendió a ahorrar, lo que le ha permitido sobrevivir con su hija y su nana haitiana en su casa taller del barrio Bellavista, pese a la suspensión de los casorios. “Tengo la suerte de contar con el premio de Lucho, que es un colchón económico mensual que me ha sido muy útil, me ha dado una cierta estabilidad”, dice, francota, aludiendo a la plata que recibe de manera vitalicia como viuda de Luis Hernández Parker, Premio Nacional de Periodismo 1954, muerto en 1975.

Muerto, bailando, justamente en una fiesta de matrimonio. Bailando, tal como lo conoció, a comienzos de la década de los 50, cuando para evitar que siguiera discutiendo con otro periodista, lo sacó a la pista con los sones de “Rock around the clock” de fondo. “Bailamos toda la noche. Era un excelente bailarín”, cuenta. Se hicieron inseparables, pese a la diferencia de edad –él era 20 años mayor que ella–, y muy pronto estaban viviendo juntos.

-Llevábamos un mes de convivencia, cuando Lucho me preguntó: “Oye, ¿cuánto ahorraste este mes?”. Yo no entendía de qué me estaba hablando. Encontré tan rara la pregunta, pero él insistió: “Aunque ganes poca plata, tienes que ahorrar”. Me dejó pensando y luego visualicé el sentido del asunto y me pareció importante. Por eso, desde entonces, en mis tiempos buenos, cuando he vendido mucho, siempre he guardado e invertido mis dineros. Hoy, gracias a ese buen consejo de mi marido, he logrado pasar bien este año de pandemia, pese a no haber vendido nada en mi tienda. Vivo sin lujos, claro, pero he tenido para todo lo que necesitamos, incluyendo los medicamentos de mi hija, porque yo no tomo remedios, sólo vitaminas.

“Soy una vieja miti mota”

¿Cómo lo hace? ¿Cuál es el secreto de su estupenda salud física, mental y emocional?

La preparación, la anticipación, el ahorro para la vejez, en el más amplio sentido del concepto.

Así lo explica: “Cuando tenía 50 y tantos me empecé a dar cuenta de que iba para vieja, una cosa ciertamente notoria. Ahí descubrí que tenía acumulada mucha carga negativa, muchas historias tristes a cuestas y supe que para no convertirme en una vieja de miéchica, tenía que reconocer, aceptar y sacar provecho de esas historias”.

-¿Cómo lo conseguiste?

-Haciendo terapia, probé varias y la que más me gustó fue la guestáltica, que conocí gracias a la Nana Schnake, una gran mujer. Trabajé con ella en Santiago, luego en Chiloé y después seguí tomando clases con otros profesores. Cuando solucioné mis temores, mis angustias, decidí yo ayudar a otros y empecé a “terapiar” por mi cuenta. Me encantaría que todos tuvieran acceso a esa herramienta, que yo tuve la suerte de conocer y desarrollar como un trabajo personal muy útil para afrontar la mitad de la vida.

-Te hemos visto en una campaña de Mega que se llama “Miremos a los mayores con ojos de nieto”, ¿crees que Chile requiere campañas para afrontar el envejecimiento que se viene?

-Sí, me pidieron participar y, luego de averiguar que no hubiera ningún objetivo publicitario, accedí. Ojalá que tenga efectos positivos, porque en Chile la vejez es una especie de adefesio, una cosa tremenda, horrorosa, lo que no es cierto.  Hay vejeces malas y vejeces buenas; se trata de un tema complicado porque involucra mucho lo social. Una persona mayor que no puede pagarse una comida medianamente nutritiva, que pasa frío, que no puede arreglar su casa que se llueve en invierno, que no tiene para sus remedios… es imposible que tenga una vejez buena, pero la cosa también tiene que ver con la capacidad de optimismo. Yo agradezco haber heredado esa capacidad de Manuel Solimano, mi padre. Yo quisiera ser reconocida como una vieja optimista, que no le da complicaciones al resto, que está apta para seguir viviendo. Yo lo estoy porque me encuentro con muy buena salud, lo que atribuyo a la preparación mental y espiritual y, junto con eso, el haber ido hace años a un nutricionista a quien le pregunté qué debo comer para tener una buena vejez. Después de interrogarme sobre qué comía, me dijo: el doble de verde, doble cuota de ensaladas y de frutas, y la mitad del plato principal. O sea, menos carne, menos arroz, menos tallarines. Siguiendo ese otro sabio consejo, he mantenido una excelente salud, lo que es muy importante.

-¿Ha cambiado la manera de ser mayor? ¿Cómo ves ese cambio si comparas a las abuelas de cuando eras niña a las de hoy? 

-Es evidente que eso ha pasado. José Tohá un gran amigo mío, muerto muy tristemente, siempre decía que existían las viejas rosas, las viejas naranjas y las viejas azules. Las rosas eran las que se vestían de negro en cuanto cumplían 40, dejaban de usar rouge, se tomaban el pelo en un moño y se volvían muy pechoñas. Las naranjas eran las que, como ven mal, se dejan patacones de maquillaje en la cara, porque insisten en arreglarse, en estar vitales. Mi abuela fue una vieja azul. Ella nos cuidaba, mientras nuestros papás trabajaban, y era muy dulce. Yo también creo ser una abuela muy cariñosa con mis dos nietas, muy proveedora con ellas. Creo ser una vieja mitad naranja, mitad azul, miti-mota. Yo no salgo ni a sacar la basura a la calle sin pintarme los labios. Me gusta verme bien, lucir alegre. Ahora mismo ando con una blusa color sandía.

-¿Cómo ha sido ser viuda durante 45 años? ¿No has tenido otros amores?

-El amor ha sido variopinto después de la muerte de Lucho. Tuve  un pequeño noviazgo con un hombre mucho más joven que yo, y he tenido muy buenos amigos, amigos amantes. Pero como tengo una hija deficiente mental, no podría convivir con ningún hombre que no sea su verdadero padre, el único que puede entenderla.

-¿Le temes a la muerte?

-No para nada; la muerte es algo tan necesario, tan natural. Yo les temo más a los vivos que a los muertos. No tengo ningún temor a mi propia muerte, aunque espero Dios me conserve la salud el mayor tiempo posible y que el día en que me vaya no tenga un dolor muy fuerte. Ahí veremos cómo se dan las cosas. Yo puedo venir a contarte desde el otro lado –dice, entre risas, ofreciendo visita post mortem. Y luego agrega: -Otra cosa es la partida de los que uno ama; ahí sí que es dura la muerte, pero lo es para el que se queda. Yo he tenido tres muertes dolorosas: la de mi mamá, que murió muy joven; la de un hijo; y la de Lucho. Sé de eso.

“Hp EN TV”

-Yo sé que tienes toda una teoría sobre la importancia del trabajo, que no crees jubilarte y, por eso, sigues trabajando a los 90 años. ¿Cómo es eso?

-Tal como dice la Internacional Socialista, el trabajo es el  sostén del hombre, que a la abundancia lo hará llegar. El trabajo es parte importantísima de la vida de los seres humanos. Yo lo he vivido así y gran parte de los que me rodean también. Por eso que haya una ley que indica que a los 60  años las mujeres deben jubilar y a los 65, los hombres, es como si te cortaran una mano, como que te quitaran algo. Tengo muchas amigas cuyos maridos han entrado al estado de jubilación y se han ido al hoyo. Andan tristes y cuando quieren reaccionar y retomar algo, ya no pueden. Quizás sea una idea peregrina mía, pero creo que el trabajo no debe tener fin, la actividad, el algo que hacer.

-Viviste siempre ligada a un mundo artístico, intelectual, político, muy activo y comprometido. ¿Cómo ves esos mundos hoy?

-Desgraciadamente, muy pobres en lo importante. Yo trabajé por años con Nemesio Antúnez, el tipo más trabajador, informado y cariñoso del mundo. Como director del Museo de Bellas Artes ganaba una miseria y trabajaba como enano. Lucho, mi marido, era igual. Hacía radio, televisión, escribía en revistas, y no pasaba el día quejándose ni estresado tratando de ganar más plata, sino intentando mejorar las cosas para los demás, para el país. Hoy creo que en general la clase media culta, intelectual, está afanada sólo en el dinero, y no en el sentido de la vida. La gente está más interesada en cuánto gana que en qué ocupa su existencia.

María Inés siempre está mencionando a Luis Hernández Parker, el periodista que inauguró el Premio Nacional de Periodismo; fue el primero en recibirlo. Lo perdió hace 45 años y no lo olvida, a diferencia de Chile, donde probablemente pocos recuerden el sonido de su voz en la extinta radio Minería, donde a través del programa “Tribuna Política” fue, hasta 1975 y durante casi 30 años, una suerte de «Pepe Grillo» de la nación, que cualquiera con inquietud informativa debía sintonizar a la hora de almuerzo. Redactor de estilo reconocido, sus columnas en la también desaparecida revista Ercilla, eran seguidas con fruición. Fue el comentarista político que inauguró las transmisiones del Canal 9 de la Universidad de Chile en 1965, y en ese joven canal tuvo un programa llamado “HP en TV”. También estaba en un espacio editorial en el noticiero televisivo “Martini al Instante”.

¿Con qué generador de opinión pública actual podríamos compararlo?

Difícil. Lo que más lo definía era una imparcialidad a toda prueba y un cero afán de protagonismo. “Invitado una vez a formar parte de un programa de televisión que imponía al periodista la obligación de ser opinante, se negó diciendo: ´Mis ideas tienen importancia para mí. Lo que al público le interesa son las noticias´”, contó sobre él otro periodista que ya no está, José María Navasal.

No está para nosotros, pero para María Inés siempre está ahí, presente. En lecciones de vida, como aquella del ahorro, y también en la conciencia de sí misma, que descubrió solita y que aconseja pulir en la mitad de la vida con una terapia o una profunda reflexión, para de ahí en adelante seguir haciendo camino al andar.

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