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Población de ballenas azules, en peligro de extinción, corren serio riesgo en el sur de Chile por intenso tráfico de naves pesqueras

Febrero 1, 2021 6


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Un reciente trabajo de científicos chilenos, publicado esta semana en la revista Scientific Reports de la prestigiosa editorial Nature, advirtió de los serios peligros que corre en la actualidad el mamífero más grande del mundo: la ballena azul. El paper titulado “Definiendo áreas prioritarias para la conservación de la ballena azul e investigando la superposición con el tráfico de embarcaciones en la Patagonia chilena, utilizando un modelo de movimiento de ajuste rápido» describe el preocupante hallazgo para la conservación de este animal. Entre Puerto Montt y Taitao -lugares preferidos por las ballenas azules para alimentarse- más mil embarcaciones de todo tipo -700 corresponden a embarcaciones asociadas a la actividad acuícola- navegan diariamente por estas aguas aumentando peligrosamente el riesgo de colisión.

Luis Bedriñana-Romano, autor principal del trabajo, dice que estos datos son muy alarmantes. “Sabemos dónde están las ballenas, pero también sabemos que su población total es muy baja en esta zona. De hecho, según nuestras investigaciones, alcanzarían entre 200 y 700 individuos, por lo que cualquier incidente de colisión y muerte de estos animales representa una amenaza real a su conservación”. Sobre esto, el científico sostiene que según cálculos de su equipo la situación están crítica que “si muriera una ballena azul cada dos años por causas antrópicas, la tasa de recuperación de la población se vería seriamente afectada y amenazaría su recuperación”, advierte.

La investigación consistió en procesar datos históricos de desplazamiento de ballenas con posicionador satelital, a los que se superpuso la capa de datos de desplazamiento de embarcaciones registradas en SERNAPESCA. “Estos datos de tráfico de embarcaciones -explica Bedriñana-Romano- están disponibles desde hace menos de un año, gracias a una modificación legal que promueve la transparencia en el uso de datos para el mejor desarrollo de políticas públicas, lo que resulta de gran relevancia para nosotros como científicos”.

La alimentación de la ballena azul es un proceso que requiere destinar grandes cantidades de energía para encontrar y consumir su principal alimento, el kril. Rodrigo Hucke-Gaete, coautor del trabajo e investigador asociado del Programa Austral Patagonia y profesor de la Universidad Austral de Chile, explica que “observaciones de campo que hemos realizado indican que cuando las ballenas azules comen, prácticamente sólo le prestan atención a esta actividad. Esto las hace más proclives a ser chocadas por embarcaciones y particularmente durante la noche, cuando, según otras investigaciones, las ballenas se encuentran en promedio más cerca de la superficie producto que su alimento también sube a la superficie”.

Hucke-Gaete -reconocido especialista en mamíferos marinos- dice que para que una ballena se alimente adecuadamente deben darse varios factores de gran magnitud y poco frecuentes. “Las ballenas azules comen krill, animales diminutos presentes en gran parte del océano. Pero para que la alimentación sea adecuada debe haber una gran concentración de estos animalitos, lo que ocurre en lugares puntuales donde hay gran productividad primaria y también variaciones de temperatura específicas (frentes termales) que ayudan a agruparlos”.

Esas condiciones se dan en varios lugares de la Patagonia Chilena como el Golfo de Ancud, Reloncaví, en la boca del Canal Moraleda, en la parte oeste de Chiloé y, se cree, también en la zona de bahía Adventure. “En estas zonas hay una gran presencia de industria acuícola -dice Hucke-Gaete-, lo que nos obliga a plantear la alerta respecto de lo que ha pasado y podría seguir pasando con colisiones entre embarcación y ballenas”, enfatiza. Bedriñana-Romano, por su parte, agrega que la intensidad de tráfico es tal en esta zona que si lo comparáramos con lo que ocurre en tierra, “esta sería equivalente a la Ruta 5 en sus tramos más congestionados”. Cabe mencionar que en esta zona ya se han producido colisiones mortales (Puerto Montt, 2009), así como muertes por enmallamiento en eventos tan recientes como mayo de 2020.

Las ballenas, como todos los seres vivos, buscan alimentación en distintos sitios. Los investigadores han aprendido que observando el aumento de la clorofila de la primavera anterior se puede estimar una mayor probabilidad de presencia de ballenas azules. “Las ballenas no comen clorofila -precisa Bedriñana-Romano- pero es un indicador importante de que en los lugares donde aumenta, habrá mayor presencia y perfectamente podríamos aplicar regulaciones preventivas para ayudar a su conservación”.  Hucke-Gaete por su parte, hace un llamado a los Servicios Públicos a usar esta información y trabajar en conjunto con los científicos para implementar medidas de protección adecuada. “Llevamos 16 años marcando ballenas -plantea-, pero pese a esto la investigación científica va muy por detrás del avance de sectores productivos como la salmonicultura o el tráfico de embarcaciones turísticas y de carga. Por ello necesitamos aumentar considerablemente el esfuerzo de investigación para proteger a estas especies fundamentales en los ecosistemas de la Patagonia”.

 

 

 

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