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Prejuicio, discriminación y violencia: el peso de vivir en la calle y padecer trastorno mental

Febrero 10, 2021 2


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En mayo de 2018, el doctor José Luis Contreras era un voluntario más del Hogar de Cristo en la Ruta Calle de Estación Central, donde vive. A raíz de esa experiencia, nació su sueño de crear el primer policlínico para personas en situación de calle y lo logró. Este programa funciona hoy en el hospital Sótero del Río, el más grande del país.

En base a su experiencia, le consultamos sobre lo ocurrido en Panguipulli a un joven malabarista que, según testimonio de su hermana, sufría de esquizofrenia. Nos dice: “Son muy comunes los trastornos de salud mental en la gente de calle. Al menos un 50 % de estas personas padece algún trastorno en ese ámbito. Claramente fallamos como sociedad al no poder ofrecer soluciones terapéuticas que sean acogidas y aceptadas por estas personas, acordes a su realidad. En algún momento se dijo que no puede haber instituciones psiquiátricas con gente encerrada y que debemos apostar por la psiquiatría comunitaria, lo cual es correcto pero insuficiente”, agrega.

Según un estudio realizado por la Fundación Salud Calle, la prevalencia de esquizofrenia en las personas que viven en situación de calle es cuatro veces mayor que el promedio general, por lo que se puede asumir que hay una relación significativa entre esa enfermedad y estar y vivir en esa condición. Para el doctor Contreras, es fundamental entregar respuestas a este grave problema, tal como se ha hecho en otros países, como España, con una experiencia llamada “Sinhogarismo”, en que el Estado provee de vivienda y comida a estas personas, además de asistencia médica regular, lo que incluye la salud mental. En Chile, el 2019 se implementó un programa similar llamado Vivienda Primero, pero aún son pocas las personas que acceden a este beneficio, dada la gran magnitud de gente sin hogar.

La historia del doctor José Luis Contreras y su lucha por reivindicar la atención médica a las personas en situación de calle comenzó hace cuatro años en el Hospital Sótero del Río: “Me tocó observar que un hospital tan importante no tenía servicios que, en mi opinión, eran básicos. Si ibas a las cuatro o cinco de la mañana, observabas una cantidad de gente de calle que llegaba a dormir allí, y eso se contraponía con los derechos de los pacientes que se van a atender versus los que buscan cobijo para capear el frío”, cuenta el especialista en medicina familiar, José Luis Contreras (60), que en ese entonces era el director del Centro de Responsabilidad Especialidades Ambulatorias y Mixtas del Hospital Sótero del Río. 

Paralelo a eso, cada lunes hacía voluntariado en las Ruta Calle del Hogar de Cristo en la comuna de Estación Central, donde vive, experiencia que lo marcó profundamente y que anhela seguir realizando una vez que terminen la pandemia y los toques de queda. “Quiero volver a hacer Ruta Calle, tengo entendido que se hacen ahora durante día por el toque de queda, pero espero que algún día vuelvan a sus horarios habituales nocturnos para poder participar”, dice. 

Esa fue la razón por la que, estando en el hospital más grande del país, no concebía que no existiera una oferta de atención de salud para las personas en situación de calle. Empezó a motivar a sus colegas para que, dentro de su agenda, ofrecieran prestaciones a este segmento de la población, “el que más lo necesita”, acota.

“Armamos un equipo de trabajo con una psicóloga y varias trabajadoras sociales del hospital y del municipio, algunas de ellas empezaron a participar en las Rutas Calle del Hogar de Cristo en Puente Alto. A partir de ahí, con las redes que generamos con distintas organizaciones en Puente Alto, entre ellas el Hogar de Cristo y Cristo Vive, nos reuníamos periódicamente y establecimos un programa más formal para canalizar la derivación de personas que detectábamos en los distintos dispositivos de la red”, agrega. 

La psicóloga, Carolina Mena, jefa de la entonces hospedería de la fundación en Puente Alto, hoy convertida en hogar abierto para el adulto mayor, corrobora que se armó una Mesa Calle de trabajo con una reunión mensual en la que participaban varias instituciones, incluso el municipio. “Hasta hoy funciona bastante bien. Contamos con médicos que nos dan horas gratuitas y atención preferencial para las personas que atendemos, incluso durante la pandemia nos dieron consultas por videollamadas”, señala.

Horas protegidas

El doctor José Luis Contreras cuenta que se establecían “horas protegidas” en las agendas médicas y de esta forma se pudo entregar una oferta más formal “aunque minúscula en relación a todas las prestaciones que da el Sótero del Río, pero que para nosotros tenía el valor de decir que el hospital atendía a una población que nadie mira, que nadie atiende y que, al final de cuentas, es la que más requiere de atención digna, humana e integral”, dice, convencido. 

Otro de sus orgullos profesionales de esa época es haber desarrollado un programa de salud para las personas trans, que también son marginadas de la sociedad y que no tenían más opción que recurrir al mercado negro para realizarse tratamiento hormonal y operaciones de cambio de sexo. “Ambos programas quedaron instalados y están funcionando bastante bien”, señala.

El programa que atiende a las personas en situación de calle lo coordinan hoy en el Sótero del Río, los doctores Nicolás Estay y Sonia Bassa, y la trabajadora social, Carolina Salgado.

El doctor Contreras cuenta que en una ocasión, junto al doctor Francisco Idalsoaga, fundador de Salud Calle, se reunieron con Sebastián Sichel, en ese entonces Ministro de Desarrollo Social, para analizar la posibilidad de abrir un gran policlínico con apoyo estatal de manera de resolver las urgencias médicas que afectan a las personas en situación de calle. 

“Sichel nos escuchó y nos dijo que bueno, pero como estos personeros duran algunos meses en los cargos, todo quedó en nada. Nuestra idea original era establecer un programa con todas las especialidades que funcionara después de las cinco de la tarde, y para eso obviamente se necesitan recursos”. Por ahora, y pese a la pandemia, el trabajo que se hace es en base a cooperaciones humanas y voluntarias de los distintos actores de la red. “Funciona a microescala, pero el sueño es tener un programa más potente y que supere a los operativos médicos de las campañas de invierno, que sea algo permanente en el tiempo, todo el año, más amplio e integral ya que hay muchos problemas de salud mental, de VIH, entre las personas en situación de calle”, señala finalmente.

Es de esperar que casos lamentables, donde sin duda están presentes el prejuicio, la discriminación, la violencia, el desconocimiento de las patologías que afectan a quienes viven en calle, como el sucedido en Panguipulli, no se repitan y que las personas que no tienen un lugar donde vivir sean atendidas médicamente con dignidad en todos los rincones de nuestro país.

 

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