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Sobre mantequilla o cañones: una respuesta a Eduardo Santos

Diciembre 5, 2020 9


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El Mostrador se ha transformado en un medio imprescindible para debatir sobre temas de seguridad y defensa, fomentando el diálogo y el intercambio de ideas en un tema que es relevante para nuestro país. Más aún, ad portas de una asamblea constitucional, cuya principal labor será dirimir los contrapesos y balances de poder en la conducción política de la República y nadie puede negar que el poder de las armas es un poder considerable que tiene que ser discutido y establecido con meridiana claridad.

Don Eduardo Santos hace un valioso aporte a la discusión, pues nos plantea una metodología para llegar a conclusiones de diseño y estructura de fuerzas que hace parecer simple y de una lógica cartesiana efectuar cálculos numéricos de cómputo, y listo, los problemas de seguridad y defensa de Chile quedan resueltos. Lamentablemente, resolver problemas políticos o estratégicos no es tan fácil como resolver una ecuación, pues son problemas no estructurables.

Quisiera partir por concordar con Eduardo Santos en un aspecto de su diagnóstico. Nos afirma que “para entender esta situación es necesario recordar que en las últimas décadas nuestras Fuerzas Armadas han seguido aplicando una obsoleta doctrina del siglo XIX, para operar en el siglo XXI, con tecnología del siglo XX, intimidando a los países vecinos mediante capacidades militares inconsistentes con las políticas exterior, de defensa y presupuestaria y, de esta forma, prescindiendo de los dividendos de la Paz”. Esta afirmación contiene una sola gran verdad y una componente que él debe demostrar, ya que no es para nada evidente. Adicionalmente, queda fuera de la ecuación la variable más relevante: la preparación y capacidad profesional de la fuerza. Más que la tecnología, es la preparación del personal lo relevante y el arma más poderosa sigue siendo su valor e intelecto.

Pareciera que, en las últimas décadas, a la conducción política nacional le resultaba cómodo resolver el dilema de cañones o mantequilla que titula el artículo en comento con la Ley del Cobre para la adquisición de material y los pisos legales del presupuesto de defensa referenciado al presupuesto de 1989, que igual fueron incumplidos por la vía de la autorización de ejecución presupuestaria.

La gran verdad es que llevamos varias décadas desarrollando capacidades militares inconsistentes con las políticas exterior, de defensa y presupuestaria, porque esas políticas que materializan el mando político civil sobre las FF.AA. han sido intentos sectoriales de buena voluntad, no están coordinadas y alineadas en una estructura y política de seguridad, que visualice los desafíos de Chile, al menos en un lapso de cuatro años. No ha existido voluntad política para asumir esa responsabilidad. El mando y el control político civil se ejercen y se manifiestan mediante las misiones, objetivos y recursos asignados. ¿Dónde están las políticas de Exterior y de Defensa del Estado de Chile? Ambas, políticas subsidiarias de la Política de Seguridad Nacional. ¿Dónde están las estrategias de exterior y de defensa subsidiarias de las políticas antes nombradas?

Pareciera que, en las últimas décadas, a la conducción política nacional le resultaba cómodo resolver el dilema de cañones o mantequilla que titula el artículo en comento con la Ley del Cobre para la adquisición de material y los pisos legales del presupuesto de defensa referenciado al presupuesto de 1989, que igual fueron incumplidos por la vía de la autorización de ejecución presupuestaria.

Esta solución no obligaba a asumir el costo político de decidir temas impopulares pero necesarios e incluso vitales. Llama la atención la afirmación de que las FF.AA. de Chile emplean doctrina del siglo XIX para operar tecnología del siglo XX en el siglo XXI. El peso de la prueba recae en el ingeniero para que demuestre su afirmación que la doctrina de las FFAA de Chile es del siglo XIX. No podríamos estar, hoy, interactuando militarmente con potencias del primer mundo, con doctrinas del siglo XIX, si permanentemente se reciben mayores requerimientos y elogios de países amigos y de la región para compartir nuestra experiencia.

Lo más notable del artículo del Sr. Santos es su metodología matemática para llegar a conclusiones estratégicas. Aplica la metodología de cálculo de cómputo de potenciales que se emplea en los procesos de planificación militar, normalmente en el nivel operacional, para efectuar pruebas de factibilidad y aceptabilidad en el desarrollo de diseños operacionales y cursos de acción específicos, es decir, en presencia de tareas dadas, en un teatro de operaciones, ante un adversario específico en un horizonte de tiempo determinado.

Eso es un profundo error y muy peligroso. Las capacidades militares se estructuran en función de la defensa de los intereses nacionales y de los posibles escenarios, en una visualización de probables campos de batalla futuros, en los que resulta clave definir el carácter del potencial próximo conflicto (¿tradicional, asimétrico o hibrido?). El cómputo de potenciales es una herramienta metodológica más adecuada a lo primero, es decir, el uso de la fuerza tradicional, siempre y cuando mida lo tangible y aprecie lo intangible (valor, fuerza moral, disciplina, cohesión de la fuerza, etc.). Lo mismo que el Sr. Santos critica respecto de la ausencia de orientación y liderazgo político para articular las políticas de Relaciones Exteriores, Defensa y presupuestaria, lo aplica en su metodología. ¿Cuál política de Relaciones Exteriores y de Defensa utilizó el Sr. Santos para dimensionar el material del inventario y la dotación de personal de las Fuerzas Armadas de Chile?

Si no partimos desde el principio, desde el liderazgo político que conduce y articula los instrumentos de poder y capacidades del Estado, no llegaremos a ningún resultado válido. Ojalá en el debate constituyente que se nos aproxima implementemos la obligación constitucional del Presidente de la República de promulgar su Política de Seguridad Nacional para su período y que los ministros de RR.EE. y Defensa, obligatoriamente también, promulguen sus respectivas políticas con acuerdo de las respectivas comisiones del Senado. Recién entonces, con un liderazgo político claro en su orientación, llega el tiempo de los especialistas de formular y optimizar las soluciones en cuanto a las capacidades militares que se requieren para satisfacer las órdenes de la conducción política civil a las FF.AA. La última etapa del proceso es ponerle números y optimizar el presupuesto.

Finalmente, el Sr. Santos nos plantea una idea de mucha fuerza, cual es la de los “dividendos de la paz”. Me permito recordarle que solo tienen derecho a recibir dividendos los accionistas. Si no invierte en defensa, no tendrá dividendo alguno. Adicionalmente, vale preguntarse si no hemos disfrutado los dividendos de la paz, al tener una capacidad militar adecuada, que ha inhibido a otros a afectar nuestros intereses.

Con todo, creo que el valor de estas opiniones nos obliga a rearticular nuestra comunidad de defensa, para conversar y discutir sobre lo relevante de estos temas, para encontrar la mejor solución que el país requiere, a través de un trabajo consensuado y robusto. Chile se lo merece.

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