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La llave y los cerrojos: la unidad de la centro izquierda se hace con hechos concretos y no militancias autorreferentes

Septiembre 24, 2020 11


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La derecha ha asumido la contundencia de los datos como una realidad inminente: el Apruebo y la Convención Constitucional serán las opciones ganadoras este 25 de octubre. Con esta situación en mente, la derecha ha concentrado su objetivo en abril próximo, mes en que habrán de elegirse a quiénes nos representen en la histórica Convención.

Lo anterior lo diseña sobre la confianza que le entrega otro insumo de la realidad: la elección de Convencionales utiliza la misma fórmula electoral de una elección parlamentaria, con los mismos distritos de aquella y con la previsible distribución de preferencias que se verifica elección tras elección.

Pero más aún, sus prioridades puestas en la elección de abril descansa en otro supuesto infalible: la fragmentación de la oposición favorecerá la sobrerrepresentación de la derecha en la Convención Constitucional (tal como ha ocurrido en las últimas elecciones).

Un ejemplo duro que debe ser observado con la gravedad que corresponde:

En la más reciente elección parlamentaria (2017), la derecha compitiendo con 2 listas obtuvo el 39% de los votos y el amplio arco de la centro-izquierda consiguió el 61%. Pero como la centro-izquierda disputó la contienda electoral en 7 listas distintas, su voto se dispersó y obtuvo solo el 54% de escaños de la Cámara de Diputados, mientras la derecha obtuvo el 46% de ellos (7% más de su representación real).

Repito: la derecha obtuvo el 39% de los votos y consiguió quedarse con el 46% de los escaños de diputados.

De replicarse aquello en la Convención Constitucional, esta sobrerrepresentación de la derecha y subrrepresentación de la centro izquierda se traducirá en el temido veto de los partidos del actual Gobierno en la instancia constitucional. La unidad o fragmentación del sector significa nada más ni nada menos que la posibilidad o no de contar con los ansiados 2/3. Trabajar por la unidad significa hacer más probables las transformaciones demandadas por la ciudadanía.

Seamos autocríticos: nos hemos quejado históricamente por el veto de la minoría conservadora en la institucionalidad, pero si se repite nuestra porfiada fragmentación, esta vez la derrota será exclusivamente por nuestra propia irresponsabilidad histórica. Y lo peor de todo ¡perdiendo la oportunidad única de la hoja en blanco!

El purismo es enemigo de la estrategia. Y la política, sobre todo en momentos clave, requiere de esta última virtud práctica. Tengamos el coraje necesario, el compromiso con el cambio depende hoy más que nunca del sentido de realidad y menos de discursos grandilocuentes.

Es cierto que requerimos un programa común para el futuro, pero sin unidad ni el mejor de los programas será suficiente para la gente que necesita los cambios institucionales hoy. Ya rompimos un cerrojo, pero nos queda consolidar la mejor posición posible de cara al debate constitucional y ello marcará nuestras posibilidades futuras. No decepcionemos al país con nuestra actitud cuasi religiosa de identidad y con nuestra incapacidad para ponernos de acuerdo por un largo medio siglo.

La unidad es esencial para consolidar la dignidad que Chile expresó y exigió en octubre de 2019. La unidad de cara a la gente se hace con hechos concretos y no con mantras excluyentes que en realidad le importan solo a las militancias autorreferentes.

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